La presentación de Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, prometía una tarde dedicada a la dignidad humana. El peronismo, siempre atento a los asuntos del espíritu cuando no interfieren con una interna, terminó aportando una exhibición bastante más terrenal. Mientras el arzobispo Gustavo Carrara hablaba en el auditorio de la Universidad de Morón, Lucas Ghi, Alberto Descalzo y Juan Zabaleta quedaron reunidos en una imagen que desbordó rápidamente la agenda religiosa. No hubo lanzamiento, documento ni atril. Tampoco hacía falta. En el conurbano, una mesa política se anuncia colocando tres sillas juntas y procurando que haya un fotógrafo cerca.
Cada integrante aporta una pieza cuidadosamente elegida. Ghi gobierna Morón y su sector acaba de derrotar en la interna partidaria al aparato de Martín Sabbatella y La Cámpora. Descalzo administró Ituzaingó durante casi tres décadas y dejó el municipio en manos de su hijo Pablo, una continuidad territorial que en cualquier monarquía sería una dinastía y en el peronismo se denomina experiencia de gestión. Zabaleta, exintendente de Hurlingham, exministro nacional y actual concejal, convirtió su guerra con el camporista Damián Selci en una cruzada por recuperar el distrito y ya proclamó a Kicillof como la única alternativa competitiva para 2027. Juntos reúnen votos, estructura, memoria municipal y varias cuentas pendientes.
La presencia del titular de la Unión Industrial del Oeste, Edgardo Gámbaro, y de la conducción de ATE Morón completó la postal con empresarios y gremios, porque ninguna reconstrucción peronista se considera seria hasta que todos los sectores capaces de llenar un salón aparecen en la misma foto. Kicillof asumió este año la presidencia del PJ bonaerense en reemplazo de Máximo Kirchner y su Movimiento Derecho al Futuro ganó diez de las dieciséis internas distritales que llegaron a las urnas. Ahora busca transformar ese avance partidario en un comando regional capaz de atravesar Morón, Ituzaingó y Hurlingham. No es exactamente una renovación generacional. Es algo mucho más útil: un recambio de propietarios.
La amenaza para La Cámpora está a la vista. Ghi aporta el triunfo sobre el sabbatellismo, Descalzo una maquinaria territorial que sobrevivió a todos los cambios de época y Zabaleta la posibilidad de abrir una cabeza de playa dentro del municipio camporista de Selci. Si la fotografía se convierte en estructura, Kicillof habrá conseguido en el oeste una mesa propia, con intendentes, exintendentes, sindicatos y empresarios, mientras Máximo Kirchner conserva cargos y observa cómo le mudan el partido por debajo de los pies. La encíclica hablaba sobre la grandeza humana. La foto, bastante más modesta, hablaba de poder. Y en el conurbano los desalojos políticos nunca empiezan con una orden judicial: empiezan con una imagen que todos fingen no haber visto.

