El peronismo volvió a descubrir que la unidad es indispensable, especialmente cuando ninguno consigue imponerse sobre los demás. Axel Kicillof prepara para el sábado 19, en Villa Domínico, la señal más explícita de su candidatura presidencial; Sergio Massa descongeló sus apariciones públicas y Cristina Kirchner aguarda que una resolución internacional le devuelva algo del poder electoral que perdió en los tribunales. En medio de ese desfile de aspiraciones aparece Máximo Kirchner, decidido a conservar el papel de guardabarrera del movimiento después de haber tenido que entregarle al gobernador la presidencia del PJ bonaerense. Quedó al frente del Congreso partidario, un premio consuelo con nombre suficientemente solemne como para disimular la mudanza al asiento trasero.
Kicillof quiere sostener las PASO y resolver la interna con votos, una extravagancia dentro de una familia política acostumbrada a resolver las sucesiones en el comedor. Después de recorrer Misiones y mostrarse como presidenciable, el gobernador prepara una puesta en escena federal para dejar de fingir que todavía está “construyendo” algo que ya tiene forma de campaña. Incluso dentro del cristinismo admiten que es el dirigente peronista que mejor mide y que bajarlo podría resultar tan inteligente como practicar una autopsia antes de comprobar si el paciente respira. Máximo, sin embargo, insiste en que cualquier candidato debe peregrinar hasta San José 1111. El dirigente que alcanzó la cima mediante la hazaña meritocrática de nacer con el apellido correcto ahora reparte certificados de lealtad desde la aduana emocional del kirchnerismo.
Massa, mientras tanto, volvió a pronunciar la palabra “unidad” con esa ductilidad que le permitió integrar casi todas las versiones posibles de la política argentina sin perder nunca el equipaje. Los intendentes bonaerenses ya conversaron con él, con Kicillof, con Máximo y con cuanto dirigente pueda ayudarles a recuperar las reelecciones indefinidas. En ese laboratorio apareció una fórmula capaz de dejar una porción para cada tribu: Kicillof presidente y Massa gobernador. Al jefe de La Cámpora le quedaría la tarea que mejor conoce, controlar la ventanilla por la que deben pasar las candidaturas y recordar que ningún acuerdo será verdaderamente amplio hasta que resulte lo bastante angosto como para que sólo entren los obedientes.
La desesperación tiene motivos bastante menos románticos. La industria y la construcción retrocedieron más del 4% en julio, desde 2023 se perdieron más de 350.000 empleos formales y la economía volvió a ofrecerle al peronismo una oportunidad que el propio peronismo podría encargarse de arruinar. Con Milei sostenido por un núcleo duro y la posibilidad de que las PASO sean suspendidas, competir dividido sería una forma elegante de organizar el velorio antes de la elección. Por eso Kicillof, Massa y los intendentes negocian una candidatura común mientras Máximo protege la última reliquia familiar: el derecho hereditario a decidir quién puede intentar ganar. Si ya no consigue conducir el futuro, al menos parece dispuesto a demorarlo hasta que vuelva a pertenecerl

