Ariana Harwicz pidió que los escritores rompieran el silencio por su cancelación en Granada, pero su marido todavía no dijo una palabra

La autora argentina denunció que el ambiente cultural la dejó sola después de que un festival español retirara su invitación y reclamó públicamente solidaridad a sus colegas. El detalle incómodo: Edgardo Scott, escritor, crítico y pareja de Harwicz, no aparece hasta ahora entre quienes salieron a defenderla públicamente.

Ariana Harwicz consiguió algo que parecía reservado para congresos de literatura francesa y divorcios particularmente trabajosos: transformar un festival de libros en una guerra cultural internacional. La autora de Matate, amor fue retirada a último momento del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CULTUR-ALH de Granada, donde tenía prevista una conversación titulada, con una capacidad profética envidiable, “Oponerse al mundo”. La organización reconoció que había recibido pedidos de la Red Universitaria por Palestina de Granada y de participantes vinculados al encuentro para reconsiderar su presencia debido a sus posiciones públicas sobre Israel, Palestina y el boicot cultural. Harwicz respondió denunciando que había sido “desprogramada”, sostuvo que los organizadores habían cedido a la presión y convirtió el episodio en una discusión mucho mayor sobre censura, antisemitismo y libertad de expresión. La propia Universidad de Granada terminó desmarcándose de la exclusión: aclaró que la decisión había sido adoptada por la dirección del festival y afirmó que no la compartía.

Pero la polémica dio un giro bastante menos heroico cuando Harwicz empezó a pasar lista. La escritora dijo que quienes menos la habían apoyado eran precisamente los integrantes del mundo de la cultura y reprochó públicamente el silencio de escritores, colegas argentinos y autores vinculados incluso con su propia editorial. En otras palabras, después de años cultivando una imagen de francotiradora intelectual, enemiga de consensos, moralismos y correcciones varias, Harwicz descubrió uno de los inconvenientes administrativos de construir una carrera alrededor de la incorrección: cuando llega el momento de pedir una cadena de solidaridad, quizá la agenda de contactos no sea exactamente Amnistía Internacional. “¿No les compete, no les concierne la cancelación?”, planteó en una entrevista mientras reclamaba que los demás escritores tomaran posición.

Y algunos finalmente tomaron posición. Sólo que no la que ella esperaba. Rita Laura Segato, Lina Meruane, Sabina Urraca, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro y Ángelo Néstore, todos participantes de CULTUR-ALH, difundieron un comunicado apoyando la decisión de apartarla. Argumentaron que su objeción no estaba relacionada con la condición judía de Harwicz ni con sus novelas, sino con declaraciones públicas de la escritora sobre Gaza, Israel y el boicot cultural. La Red Universitaria por Palestina también rechazó que su pedido hubiese contenido amenazas o que hubiera existido un riesgo organizado contra la integridad de la autora. Así, mientras Harwicz denunciaba una operación de silenciamiento, el episodio produjo exactamente lo contrario: comunicados, entrevistas, pronunciamientos diplomáticos y una pelea pública en la que prácticamente todos terminaron hablando.

Todos, o casi todos. Porque hay una ausencia llamativa en la campaña pública de solidaridad: Edgardo Scott, escritor, crítico, psicoanalista y marido de Harwicz, con quien la autora vive en Francia y con quien incluso escribió en el pasado textos contra la corrección política y la censura cultural. En las búsquedas públicas accesibles al cierre de esta nota no aparece un pronunciamiento suyo sobre el escándalo de Granada ni una defensa pública equivalente a la que Harwicz viene reclamando de sus colegas. No demuestra desacuerdo, pelea matrimonial ni ninguna de esas novelas que internet escribe antes del desayuno: demuestra solamente silencio. Pero resulta difícil no reparar en la ironía. Harwicz reclama que los escritores levanten la voz, denuncia a los que miran hacia otro lado y pregunta dónde están sus compañeros de oficio. Mientras tanto, uno de los escritores más cercanos de todos está, al menos públicamente, practicando un género literario mucho más breve: la página en blanco.

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