El problema, al principio, era bastante fácil de entender. Last Ditch, un bar lésbico y queer de Greenfield, Massachusetts, exigía a sus clientes usar mascarillas KN95 o superiores para ofrecer un espacio seguro a personas inmunocomprometidas. Funcionaba bien como principio, bastante peor como negocio. El local tenía dificultades económicas, faltaban clientes y las cuentas, con esa desagradable costumbre que tienen, seguían llegando. Para evitar el cierre, sus responsables decidieron que los sábados el barbijo pasara a ser opcional. No lo eliminaron, no prohibieron usarlo, no organizaron una noche temática dedicada a toser sobre desconocidos. Apenas intentaron conseguir más público una noche por semana. Fue suficiente para que parte de la comunidad denunciara que la medida dejaba afuera a quienes necesitaban protección sanitaria estricta y comenzaran las acusaciones de discriminación, capacitismo y falta de consideración hacia personas vulnerables.
El bar intentó apagar el incendio con una disculpa y consiguió algo bastante más acorde con estos tiempos: agregarle combustible. El comunicado fue cuestionado porque la imagen publicada inicialmente no tenía texto alternativo para personas con discapacidad visual, de modo que Last Ditch terminó pidiendo perdón por una supuesta falta de accesibilidad mediante una pieza también acusada de falta de accesibilidad. Mientras la discusión se llenaba de conceptos sobre privilegio, inclusión, seguridad y responsabilidad comunitaria, seguía ahí el detalle menos estimulante del asunto: el lugar estaba al borde de la quiebra. Jackie Matellian, una de sus responsables, cargaba con un préstamo inicial de decenas de miles de dólares, alquileres atrasados y varios trabajos para sostener el proyecto. Durante un tiempo incluso vivió en su camioneta. El bar había nacido con entradas a voluntad, actividades culturales y distribución gratuita de distintos productos. La intención era que nadie quedara afuera. El problema fue que la rentabilidad también decidió respetar ese principio.
La crisis terminó el 11 de septiembre en una reunión comunitaria con mediadores profesionales que duró unas tres horas y media. Matellian explicó entre lágrimas la situación económica del lugar mientras continuaban los reproches por haber flexibilizado la norma. Para entonces ya casi no se discutía solamente sobre mascarillas, sino sobre quién podía definir qué era un espacio seguro, cuánto debía resignar un negocio para sostenerlo y qué pasaba cuando la pureza de los principios empezaba a competir con el alquiler. El episodio se volvió viral, llegó a medios nacionales e incluso despertó interés para una eventual adaptación audiovisual. No deja de ser un final bastante perfecto: un bar quiso conseguir más clientes para no cerrar, terminó necesitando mediadores para explicar por qué necesitaba clientes y ahora podría convertirse en una serie sobre gente discutiendo durante tres horas y media cómo salvar un lugar al que cada vez iba menos gente.

