Con su extensa trayectoria, Marta Buchanan logró algo que pocos ejecutivos consiguen: confundir el cargo con la escritura del inmueble. El canal tiene un organigrama que, al menos en los papeles, la ubica unos cuantos escalones por debajo de quienes ponen el dinero. En América se comporta como propietaria, maltratando no solo internamente, sino también a los talentos y productores externos, lo que finalizó con la salida de Mandarina del Canal.
La salida de Mandarina dejó esa confusión a la vista. Puertas adentro nadie ignoraba quién llevaba la negociación: la conducía Martha Buchanan en persona, con el estilo de quien no negocia sino que concede audiencias. El resultado está a la vista. La conversación naufragó y Mandarina terminó mudándose al canal de la calle Conde. Lo que para cualquier ejecutivo sería un traspié para explicar ante los accionistas, para Buchanan parece ser apenas un asunto doméstico.
La misma lógica explica su estilo de conducción. Las decisiones no se consultan, se comunican. Las malas noticias no se analizan, se evitan. Los informes incómodos tienen un destino previsible: el cajón. En los pasillos sigue funcionando a la perfección una sola cosa, el instinto de conservación de los empleados, que aprendieron rápido que en América conviene decir que todo va bien.
Ahora la gran incógnita en el Canal de Fitz Roy es como afrontar la profundización en la caída de ingresos que generará la salida de los formatos más fuertes.

