La localidad de Mantua quedó sacudida por la revelación de un engaño que, según fuentes policiales, venía sosteniéndose desde hacía tres años: un enfermero de 57 años se presentó en el ayuntamiento caracterizado como su madre fallecida, con peluca, maquillaje y bisutería, con la intención de renovar su documento y seguir cobrando la pensión. La maniobra, que pretendía pasar por un trámite rutinario, terminó con funcionarios llamando a la policía tras notar detalles imposibles de disimular.
El hallazgo posterior fue todavía más perturbador. En la vivienda familiar, los agentes encontraron el cadáver de la mujer, momificado, intacto desde su muerte. La escena abrió interrogantes que en Italia ya se comentan como el retrato de una decadencia silenciosa, en la que la soledad y la necesidad económica forman un cóctel difícil de digerir. Las autoridades apuntan a que la pensión había seguido cobrándose sin interrupciones.
El hombre quedó imputado por ocultamiento de cadáver, suplantación de identidad, estafa a la Seguridad Social y falsedad documental. Trascendió que en la comisaría evitó dar explicaciones convincentes, lo que alimentó versiones sobre el deterioro emocional que habría atravesado durante los años del engaño. El caso se transformó en un espectáculo involuntario sobre el punto exacto en el que la burocracia, la desesperación y la rutina pueden fabricar monstruos sin necesidad de proponérselo.

