Todo empezó cuando “Mátate, Amor”, su novela feroz sobre deseo, maternidad y violencia íntima, terminó producida por nada menos que Martin Scorsese para Netflix. Para cualquier otro autor, ese gesto hubiera sido la coronación definitiva. Para Harwicz, fue apenas el comienzo de una saga que se parece más a un exorcismo cultural que a un lanzamiento de plataforma.
Según deslizan insiders de la industria, la escritora llegó a la alfombra roja con la seguridad de alguien que ya había sobrevivido a los vejámenes del mundillo literario francés (y también del argentino: en su última visita al país, la librería Eterna Cadencia le habría regalado un almuerzo, pero pretendieron cobrarle la cassata que pidió de postre). Pero el estigma de “escritora maldita”, potenciado por su abierto apoyo a la causa del Estado de Israel, la precedió como un fantasma que solo algunos fingían no ver.
Fue en ese clima que se dio la foto con Robert “Batman” Pattinson, fan confeso de la película y curioso lector ocasional, que accedió a retratarse con ella en un backstage anodino tras haber elogiado al libro como una versión latinoamericana del best seller “Comer, Rezar, Amar”. Harwicz difundió la imagen con orgullo. El actor, en cambio, jamás la compartió. No por desagrado, aseguran fuentes consultadas, sino por “indicaciones de equipo”. Un eufemismo que en Hollywood significa: no te metas en líos que no son tus líos.
Más notoria aún fue la actitud de Jennifer Lawrence, quien —según testigos de la gala— ejecutó con precisión quirúrgica el viejo arte del rodeo diplomático: nunca cruzar mirada, jamás ubicarse a menos de dos metros, evitar sonrisas, disimular desvíos como si buscara un baño que no existe. La actriz al parecer no quería quedar atrapada en la fricción política que rodeaba a Harwicz desde hacía meses.
Ariana, por su parte, osciló entre la ironía y el enojo. Se la vio incómoda con la adaptación, fría con los productores y, según quienes conversaron con ella en un cóctel demasiado luminoso, “claramente insatisfecha con el resultado final”. Los destratos que propinó a su marido, que intentaba aprovechar la ocasión “pitchear” sus novelas hasta a los maitres, no ayudaron a que su figura -ni su causa- ganasen simpatías.
Lo que pocos se animan a decir en voz alta es que, marginada y furiosa, Harwicz está preparando una venganza literaria y personal que promete ser terrible. Algo así como su propio ajuste de cuentas con un mundo que la celebra cuando la lee, pero la cancela cuando aparece en carne y hueso.

