Irlanda establece un ingreso universal para artistas y cada uno cobra más en seis meses que toda la literatura argentina junta

Hay cifras que no necesitan interpretación, solo respiración profunda. Esta semana, mientras el Gobierno de Javier Milei celebraba la entrega de 10 millones de pesos en premios anuales a la literatura argentina a través del Fondo Nacional de las Artes, en Irlanda, uno de los países más mitificados por el liberalismo criollo, ocurrió algo que parece escrito por un guionista de gags: se aprobó la implementación de un ingreso universal de 1.500 euros mensuales para artistas.

Sí, leyó bien: 1.500 euros por mes. O sea, 9.000 euros en seis meses. Conclusión inmediata: toda la literatura argentina junta vale, según el Estado nacional, menos que un artista irlandés promedio en medio año. La Inversión del FNA no alcanza ni para alquilar un 3 ambientes en Floresta durante un año. 

Mientras en Buenos Aires las autoridades culturales posan al lado de banners impresos en lona económica para anunciar que “la cultura se financia con el esfuerzo de los argentinos de bien”, en Dublín se tomó la decisión opuesta: reconocer que la producción artística –esa misma que acá suele considerarse un gasto suntuario, una excentricidad culposa o directamente un privilegio– genera valor cultural, económico y simbólico suficiente como para ser sostenida colectivamente.

La paradoja es tan deliciosa como triste: Irlanda, la Meca tecnológica del capitalismo flexible, paga a sus artistas como trabajadores estratégicos, mientras Argentina, cuna de Borges, Walsh, Saer, Mariana Enríquez, Luis Mey y Dolores Reyes, parece convencida de que la literatura es un hobby caro que merece, con suerte, una transferencia simbólica equivalente a media docena de iPhones 13 refurbished.

Además de la coima y la evasión, en la patria mileísta la única industria verdaderamente creativa parece ser la del ajuste. Ahí sí que Argentina sigue siendo vanguardia mundial.

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