La rotura del frenillo del pene volvió a instalarse como la emergencia silenciosa de los fines de semana largos y no tan largos. Datos internos del sistema de guardias porteñas, a los que profesionales aluden sin demasiada ceremonia, hablan de un aumento cercano al veinte por ciento en los últimos doce meses. En algunos hospitales, como el Ramos Mejía y el Durand, los urólogos dicen que ya es “un clásico” de los sábados por la noche. “La gente cree que el cuerpo es irrompible hasta que lo rompe. Después llegan aterrados, sosteniéndose como si hubieran perdido una guerra”, explica el urólogo Martín Ferreira, que cuenta haber atendido más de cuarenta casos solo en la primera mitad del año.
El pudor dura hasta que aparece la sangre. Gabriel, 32 años, es uno de los que enfrentó su propia estadística íntima. “Sentí un chasquido y pensé que no volvía a usar nada de ahí abajo”, recuerda sobre la noche que terminó en la guardia del Pirovano. Lo atendieron rápido y sin dramatismo, aunque él tardó semanas en recuperar la confianza. La uróloga Andrea Viggiano asegura que no es un caso aislado: en su consultorio, el flujo de consultas creció tanto que ella misma empezó a llevar un registro informal. “Hay una fe desmedida en que nada puede salir mal. Y cuando sale mal, entran pálidos, como si vinieran a confesar un crimen.”
En redes sociales conviven teorías estrafalarias, consejos histriónicos y tutoriales caseros que nadie parece dispuesto a desmentir en público, pero que los médicos descartan en cada guardia. Un profesional del Hospital Argerich, que prefiere no figurar, señala que al menos un tercio de los pacientes llega convencido de que bastan hielo, coraje y una toalla vieja para recomponerlo todo. “El frenillo no entiende de valentías. Si lo forzás, se abre”, resume con un cinismo que se ganó a pulso. La buena noticia es que casi todos cicatrizan sin secuelas médicas. Lo que tarda bastante más en cerrar, según los especialistas, es la autoestima, esa zona mucho más sensible que cualquier parte del cuerpo.

