Lo que debía ser un encuentro casual de dueños de Golden Retriever terminó convertido en una avalancha perfectamente dorada que avanzó sobre el Rosedal sin oposición aparente. Las cuentas de mascotas habían lanzado la invitación en tono menor, pero la ciudad respondió con una multitud que superó cualquier cálculo razonable y dejó a las áreas oficiales ensayando declaraciones que no explicaban demasiado.
Los testigos describieron un parque tomado por perros que parecían replicarse a la vista, mientras los dueños trataban de sostener una autoridad simbólica que duró lo que tardó el primer animal en zafarse de la correa. Veterinarios presentes hablaron de “sobreestimulación generalizada”, una descripción que buscaba ordenar lo que a simple vista se entendía como una coreografía caótica donde cada perro interpretó el evento a su antojo.
La falta de un operativo del Gobierno porteño se convirtió en el tema subterráneo del día. Desde Espacio Público aseguraron que la convocatoria “no estaba registrada”, aunque fuentes del área admitieron que estos eventos espontáneos ya forman parte del paisaje y solo se interviene cuando el desborde se vuelve imposible de maquillar. La tarde dejó imágenes de senderos saturados, gente pidiendo paso sin éxito y un parque que, por unas horas, funcionó bajo leyes más simples: las que imponen los animales cuando son mayoría.
Al caer el sol, la multitud se dispersó con la misma informalidad con la que había llegado. No quedó ningún comunicado oficial, tampoco un responsable claro, apenas la sensación de que Buenos Aires volvió a convertir un gesto mínimo de organización comunitaria en un fenómeno masivo que nadie gobierna pero todos registran.

