Vivir medicado: cuando la personalidad queda en suspenso

Psiquiatras, pacientes y nuevos informes privados describen un fenómeno en expansión en Buenos Aires: tratamientos que funcionan, personas que cumplen y una identidad emocional cada vez más borrosa.

En los consultorios ya no predomina la urgencia sino la ambigüedad. “No llegan rotos, llegan anestesiados”, resume la psiquiatra Mariana Feldman, que atiende en el corredor Palermo–Recoleta. Según explica, muchos pacientes llevan años sin crisis, pero tampoco registran entusiasmo, bronca ni deseo claro. “La medicación cumplió su objetivo clínico, pero nadie les explicó qué hacer después. El problema no es el fármaco, es la eternización del estado regulado”, advierte.

Los relatos de los pacientes coinciden en esa zona gris. Andrés, 38 años, diseñador gráfico, cuenta que empezó a medicarse tras una separación y nunca dejó. “Soy funcional, duermo bien, trabajo bien. El tema es que no sé si soy tranquilo o si estoy planchado”, dice. Paula, docente de 47, lo formula de otro modo: “Antes lloraba por todo, ahora no lloro nunca. Me dijeron que eso era estar mejor. Yo no estoy tan segura”. En grupos terapéuticos comienza a aparecer una pregunta incómoda: si el tratamiento elimina el malestar, ¿también se lleva algo más?

Un segundo informe de la consultora NeuroData, difundido este año entre obras sociales y clínicas privadas, agrega un dato que inquieta incluso a los propios profesionales. El 58% de los pacientes medicados de manera continua desde hace más de cinco años declara no poder identificar su “estado emocional basal”. El documento señala que la mayoría asocia “estar bien” con no desbordar, no incomodar y no interrumpir la rutina productiva. La identidad emocional, sostiene el reporte, queda subordinada a la estabilidad operativa.

Algunos especialistas empiezan a hablar de una psiquiatría adaptativa más que terapéutica. “La ciudad no tolera el tiempo del duelo, la angustia o la incertidumbre. Todo eso se traduce rápido en receta”, señala Etcheverry. Nadie habla de conspiraciones ni de sobremedicación deliberada. El sistema funciona como está diseñado: personas que trabajan, cumplen y siguen. Lo que queda en duda es cuánto de lo que sienten les pertenece y cuánto vino, prolijamente, en un blister.

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