Se trata de los regalos emocionales que funcionan como salvavidas simbólico del ritual. Cuando el consumo material se vuelve inaccesible pero la obligación de celebrar sigue intacta, el obsequio se desplaza hacia el terreno de las emociones, las experiencias y las promesas que empiezan a ocupar el lugar que antes tenían los electrodomésticos y los juguetes caros.
El fenómeno no es local. En Estados Unidos y Europa se multiplicaron las gift experiences: cajas regalo con cenas futuras, viajes “cuando sea posible” o actividades a definir más adelante. En Reino Unido, organizaciones promueven desde hace años las charity gifts, donde se regala una donación en nombre de otro —una cabra para una familia africana, vacunas, árboles— como forma ética y emocional de celebrar. En Japón, creció la tendencia de regalar tiempo compartido, desde entradas para onsen hasta jornadas de acompañamiento, mientras que en países nórdicos se consolidó la costumbre de obsequiar suscripciones culturales o educativas en lugar de bienes físicos. Incluso en Silicon Valley se popularizaron los regalos de “bienestar”: sesiones de meditación, terapia o coaching, convertidas en mercancía emocional premium.
Argentina le ha dado su propio tono: flyers hechos con IA, piezas de quesos o salamines con etiquetas personalizadas, invitaciones a caminatas por el Rosedal o Puerto Madero, playlists de Spotify, suscripciones baratas a medios culturales, collages o incluso cuentos con los seres queridos como protagonistas, a veces enviados como audios por Whatsapp. La Navidad se llena así de regalos que prometen futuro, conciencia o transformación personal, en un presente donde el margen económico se achicó.

