“Mi hijo jamás será más inteligente que una IA”: polémicas declaraciones de Sam Altman, el creador de ChatGPT

Entre la fascinación tecnológica y la concentración de poder: por qué las definiciones de Sam Altman sobre el fin del empleo y la superioridad de las máquinas esconden una tensión democrática que la política todavía no alcanza a regular.

Desde el corazón del poder tecnológico global, Sam Altman volvió a decir en voz alta lo que buena parte de Silicon Valley piensa en privado. En una entrevista reciente, el CEO de OpenAI dejó una serie de definiciones que reavivaron la discusión sobre el futuro del trabajo, la educación y el lugar de lo humano en la era de la inteligencia artificial. La frase que más ruido hizo fue directa y brutal: “Mi hijo nunca va a ser más inteligente que una IA”.

La afirmación no fue una boutade aislada. Altman la inscribió en una visión de época: para él, la inteligencia artificial no solo va a superar a los humanos en tareas específicas, sino que se convertirá en una forma de inteligencia estructuralmente superior, omnipresente y cada vez más autónoma. En ese escenario, la educación tradicional —basada en acumulación de conocimiento y mérito individual— quedaría obsoleta.

Otra de sus declaraciones más comentadas apuntó al mundo laboral. Altman admitió sin rodeos que millones de empleos van a desaparecer, incluso trabajos calificados, y que ningún sistema económico está realmente preparado para absorber ese shock. Aunque volvió a mencionar la idea de una renta básica universal, lo hizo más como hipótesis de contención social que como proyecto político concreto, una ambigüedad que ya le valió críticas desde sindicatos y gobiernos.

También hubo definiciones incómodas sobre el poder. Altman sostuvo que el verdadero riesgo no es que la IA se “rebele”, sino que quede concentrada en pocas manos. Sin embargo, sus detractores le señalan la contradicción evidente: OpenAI es hoy una de las organizaciones que más concentra capacidad, datos y talento en el planeta, con vínculos cada vez más estrechos con grandes corporaciones y Estados.

En el trasfondo, aparece una tensión más profunda. Mientras Altman habla con naturalidad de un futuro donde la IA supera a los humanos —incluidos sus propios hijos—, crece el malestar político y cultural frente a una elite tecnológica que define el rumbo del mundo sin pasar por ningún mecanismo democrático. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial va a cambiarlo todo, sino quién decide cómo, para quiénes y a qué costo.

En ese sentido, cada declaración de Altman funciona menos como advertencia y más como síntoma: el futuro se está diseñando en conferencias privadas, podcasts y entrevistas tech, mientras la política tradicional llega tarde, discute marcos regulatorios y apenas empieza a entender el alcance de lo que se viene.

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