El proyecto incluye convenios con otras universidades nacionales y organismos científicos, con la idea de construir una red de investigación y capacitación en computación cuántica, un campo con impacto potencial en criptografía, simulación de materiales y optimización de sistemas complejos.
Puertas adentro del mundo académico, la lectura es clara: aunque la computadora cuántica de Hurlingham no va a generar una “revolución” inmediata, sí marca una posición. En tiempos de recorte y repliegue, la universidad pública elige mostrar capacidad, agenda propia y ambición tecnológica, y deja planteada una discusión incómoda para la política: quién invierte hoy en el conocimiento que va a definir el desarrollo de los próximos veinte años.
El equipo es una computadora cuántica experimental de tres qubits, una escala todavía limitada en términos de potencia, pero clave para formación, investigación básica y desarrollo de capacidades locales. La iniciativa se completa con acceso remoto a computadoras cuánticas de mayor tamaño en el exterior, lo que permite ejecutar algoritmos más complejos desde Argentina y conectar a estudiantes e investigadores con tecnología de frontera.
“El objetivo no es competir con los grandes centros internacionales, sino formar recursos humanos y democratizar el acceso a un conocimiento estratégico”, explicó el rector de la UNAHUR, Jaime Perczyk, quien remarcó que el proyecto está pensado como un recurso abierto al sistema universitario y científico nacional. “La universidad pública tiene que estar donde se discute el futuro”, agregó.
La apuesta tiene también un fuerte componente político. En un contexto donde el Gobierno nacional relativiza el rol del Estado en ciencia y tecnología y discute el financiamiento universitario, la UNAHUR -una universidad joven, creada en el conurbano bonaerense – busca consolidarse como un nodo de innovación, rompiendo la lógica que reserva las tecnologías avanzadas a universidades privadas o a países centrales.

