El paciente llegó a la guardia con un cuadro de dolor intenso en la zona rectal. La situación parecía clínica, incluso banal dentro del catálogo hospitalario, hasta que una radiografía alteró por completo el escenario: en el interior del cuerpo había una granada de la Primera Guerra Mundial, reconocible por su forma y mecanismos, y en condiciones que impedían descartar un riesgo real de detonación.
A partir de ese momento, el hospital dejó de funcionar como hospital. Se evacuaron sectores, se restringió la circulación y se activaron protocolos de emergencia que incluyeron la intervención de especialistas en desactivación de explosivos. Un médico consultado describió la escena como “una de las más tensas que recuerde la guardia”, mientras otro admitió que el principal temor no era la extracción, sino cualquier movimiento previo mal calculado.
Sobre cómo llegó el artefacto hasta allí circulan varias hipótesis. La más repetida remite a una manipulación accidental de objetos antiguos, posiblemente heredados o hallados en algún contexto doméstico. Otras versiones hablan de una conducta deliberada, vinculada a prácticas de riesgo o episodios de alteración psicológica. También se mencionó —sin confirmación— la posibilidad de que el proyectil formara parte de una colección privada de recuerdos bélicos, introducido “sin medir consecuencias”, según deslizó personal sanitario bajo reserva.
Desde el equipo médico coincidieron en que la tolerancia del cuerpo humano vuelve imprevisible este tipo de casos. “El organismo puede convivir con un objeto extraño durante un tiempo, hasta que deja de hacerlo”, explicó uno de los profesionales. Otro fue más gráfico: “Lo sorprendente no es el dolor, sino que haya llegado caminando”.
La granada fue finalmente retirada en un procedimiento extremadamente controlado y entregada a las autoridades para su destrucción. El paciente quedó fuera de peligro. El hospital, también. La Primera Guerra Mundial, en cambio, volvió a recordar que no siempre se queda en los libros: a veces reaparece, intacta, donde nadie sensato iría a buscarla.

