Martín Sabbatella habría hecho una jugada que en la política menor ya parece un género en sí mismo: convertir una complicación médica en una cobertura táctica. Según sugirió en un posteo de tono compungido, “la afección que me impidió estar presente hoy en Castelar también me inhibirá de participar el martes de la marcha”. En Nuevo Encuentro, esa frase no sonó tanto a parte clínico como a excusa preventiva. El problema no estaba solamente en el cuerpo del dirigente, sino en el cuerpo militante: no había forma decorosa de llegar a la ESMA sin quedar disueltos en la columna ajena, como una agrupación testimonial que perdió hasta la capacidad de fingir musculatura.
En el mismo mensaje, Sabbatella explicó que estaba internado tras la extracción programada de un cálculo renal y que una inflamación imprevista lo obligaba a seguir bajo observación. También aclaró que el cuadro no reviste gravedad, aunque requiere supervisión médica constante. En su entorno, la escena ofreció un alivio narrativo inesperado: por unas horas se habló de una piedra en el riñón y no de la piedra política que arrastra hace meses, esa que dejó a Nuevo Encuentro con menos capacidad de movilización que un grupo de ex alumnos organizando un asado por WhatsApp y menos épica que un plenario suspendido por humedad.
La internación apareció justo cuando más falta hacía una razón elegante para correrse de escena. La candidata de Sabbatella venía de ser vapuleada en la interna del PJ local por el aspirante bendecido por Lucas Ghi, una derrota que dejó al espacio en estado de intemperie, con estética de aparato venido a menos y rendimiento de centro de estudiantes fuera de temporada. “Antes medían poder en micros; ahora lo miden en si logran llenar una Traffic”, ironizó un dirigente con terminales en ambos bandos del peronismo local. Otro fue más quirúrgico: “Martín no está mal de salud; está mal de escala”.
Cerca del dirigente repiten, como corresponde en todo espacio en retroceso, que sigue entero y que “la lucha continúa”, esa clase de consigna que cuando no hay poder empieza a sonar más a respirador artificial que a convicción política. En Nuevo Encuentro, donde cada derrota se maquilla como repliegue táctico y cada paliza se vende como acumulación silenciosa, la operación terminó funcionando además como una coartada. Había que sacar un cálculo, sí. Pero lo que quedó expuesto fue algo bastante más incómodo: un espacio que ya no sabe si está en recuperación, en observación o directamente en terapia intensiva electoral.

