El experimento económico de Javier Milei entró en julio en una de esas etapas en las que conviene guardar los objetos de valor, abrazar a los seres queridos y verificar dónde queda la salida de emergencia. La producción industrial manufacturera cayó 4,9% contra julio de 2025 y un brutal 5% respecto de junio, según el INDEC. En los primeros siete meses del año ya retrocede 2,6%. La construcción, tradicional refugio argentino para la optimista fantasía de que mañana alguien pondrá un ladrillo, tampoco tuvo ganas de participar: bajó 4,5% interanual y 4,6% mensual. El Gobierno había anunciado créditos, flexibilizaciones financieras y diversas pequeñas palancas para conseguir que la estabilidad macroeconómica llegara finalmente a la economía real. Por ahora, la economía real parece haber bloqueado el número. Doce de las 16 ramas industriales retrocedieron y hubo sectores que directamente entraron en modalidad meteorito: maquinaria y equipo cayó 26,7%; otros equipos, aparatos e instrumentos, 31,4%; textiles, 13%; y prendas de vestir, cuero y calzado, 15,9%.
El panorama empresarial completa esa delicada postal del apocalipsis libertario. En el relevamiento de la UIA, la mitad de las compañías informó menores ventas internas durante julio y el 42,9% dijo haber reducido su producción. Entre las micro y pequeñas empresas, donde la motosierra suele llegar sin anestesia ni departamento de Relaciones Públicas, el 54,8% registró una caída de ventas y casi el 48% recortó producción. Además, el 47,6% reconoció dificultades para afrontar al menos uno de sus pagos habituales y el 9,2% tuvo problemas para cumplir con todos al mismo tiempo. La película viene de antes: entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 desaparecieron 30.633 empresas con trabajadores registrados en todo el país. Sólo en la industria se perdieron unas 4.020 firmas y más de 97.000 puestos registrados. Es una curiosa versión de la destrucción creativa en la que la parte creativa parece haberse tomado licencia y la destrucción cubre doble turno.
La construcción tampoco encontró el milagro prometido detrás de la próxima esquina. Aunque todavía conserva un crecimiento acumulado de 1,7% en siete meses, julio la dejó en su menor nivel desde marzo de 2025 y las propias empresas no esperan exactamente la llegada de los Reyes Magos: entre las dedicadas a obras privadas, apenas el 10,6% prevé una mejora entre agosto y octubre, mientras que entre las vinculadas a obra pública el optimismo alcanza a un módico 16,9%. Agosto, además, aportó el adelanto de la próxima autopsia. El Índice Construya, que sigue las ventas de materiales para obras privadas, cayó 3,46% mensual y 5,3% interanual. Al mismo tiempo se enfriaron otros termómetros de la economía cotidiana: los patentamientos de autos retrocedieron 19% en agosto y el consumo masivo había acumulado una contracción de 2,9% durante los primeros siete meses del año. Los mercados podrán celebrar determinadas variables financieras, pero heladeras, corralones y líneas de producción tienen la desagradable costumbre populista de pedir clientes.
La ironía final la aportó Luis Caputo, que en abril había pronosticado que comenzaban “los mejores 18 meses de la historia”. Julio debía ser, siguiendo aquella cronología celestial, apenas el tercer capítulo de la epopeya. Terminó con la industria derrumbándose 5% mensual, la construcción otro 4,6% y estimaciones privadas que calcularon también una nueva contracción de la actividad general. La economía argentina conserva, es cierto, sectores que funcionan como minería, energía y agro, un superávit comercial importante y una inflación muy inferior a la heredada por el Gobierno. Pero debajo de esa macroeconomía que Milei exhibe como la tierra prometida aparece otra Argentina: fábricas con capacidad ociosa, pymes endeudadas, consumo debilitado y empresas desapareciendo del registro. Tal vez los mejores 18 meses estén efectivamente en marcha. El pequeño inconveniente, insignificante detalle estadístico, es averiguar para quiénes.

