La irrupción de chinches de agua en distintos puntos del Área Metropolitana de Buenos Aires dejó de ser una curiosidad entomológica para convertirse en un síntoma más de un entorno fuera de control. A los registros de estos insectos acuáticos, habituales en lagunas y cursos de agua, se sumaron en las últimas semanas apariciones reiteradas de mantis religiosas, escarabajos de gran tamaño y otros insectos que hasta hace poco parecían confinados a zonas rurales o reservas naturales, según relevamientos difundidos por vecinos en redes sociales y reportes de medios locales.
Desde organismos ambientales explican que no se trata de una “invasión” en términos técnicos, pero sí de un desplazamiento progresivo. La combinación de temperaturas inusualmente altas, humedad persistente y cuerpos de agua contaminados estaría empujando a estas especies a buscar nuevos territorios. En el caso de las chinches de agua, su presencia suele estar asociada a espejos de agua degradados; en el de las mantis religiosas, a cambios bruscos en la disponibilidad de presas y refugios.
El fenómeno no es aislado ni exclusivo del AMBA. Biólogos urbanos advierten que las ciudades funcionan cada vez más como ecosistemas improvisados, donde insectos, roedores y aves se adaptan mejor que las personas a la precariedad ambiental. “Cuando aparecen estos bichos en balcones, patios o veredas no es porque quieran molestar, es porque ya no queda mucho margen”, señalan en ámbitos académicos, con una lectura que empieza a circular también en informes técnicos.
Mientras tanto, las autoridades recomiendan no manipular a los insectos, ventilar los ambientes y evitar el contacto directo, aunque reconocen en privado que el problema excede cualquier campaña preventiva. En un contexto de infraestructura colapsada, ríos saturados y calor persistente, la fauna que regresa —o se fuga— funciona como un recordatorio incómodo: el AMBA no está recibiendo visitantes exóticos, está mostrando las consecuencias acumuladas de años de desorden ambiental.

