Un hombre compró un televisor en un supermercado Carrefour del Soleil Premium Outlet, en Boulogne, y descubrió que el aparato no funcionaba. Regresó al comercio para solicitar el cambio, pero, según denunció, los empleados se negaron a reemplazarlo. En cualquier país razonable, el conflicto habría derivado en una denuncia ante Defensa del Consumidor, una mediación o una interminable sucesión de llamados a un número de atención al cliente. En la Argentina, donde la civilización todavía se encuentra en una etapa experimental, el comprador optó por una solución más expeditiva: regresó al supermercado acompañado por la barrabrava de Central Ballester.
El episodio ocurrió el martes en el local ubicado sobre Bernardo de Irigoyen al 2600, en el partido de San Isidro. Unos cinco integrantes de la hinchada del club de la Primera C ingresaron con bombos, redoblantes y camisetas, dispuestos a defender los derechos del consumidor mediante los métodos tradicionales del fútbol argentino. Entre las góndolas comenzaron a escucharse cánticos que exigían el reemplazo del electrodoméstico, incluidos insultos y advertencias sobre el quilombo que se avecinaba si la empresa persistía en su negativa. Algunos clientes se alejaron por temor, mientras otros grabaron la escena con sus celulares. Por primera vez, una disputa comercial amenazaba con resolverse como un clásico del ascenso, aunque sin necesidad de suspender el partido por incidentes.
La protesta consiguió lo que no habían logrado las gestiones individuales del comprador: movilizar a las autoridades y obtener una respuesta. Personal de la Policía Bonaerense intervino para descomprimir la situación y el supermercado finalmente accedió a cambiar el televisor. No hubo detenidos ni se inició una causa penal. Carrefour lamentó lo ocurrido y consideró que esa no era una manera adecuada de canalizar un reclamo, una observación jurídicamente atendible que perdió algo de fuerza cuando el procedimiento terminó funcionando. El video se viralizó y convirtió a los barrabravas en inesperados especialistas en garantías de electrodomésticos. Su currículum profesional, hasta entonces concentrado en las tribunas, había incorporado una nueva competencia.
El caso abre perspectivas inquietantes para el comercio minorista argentino. Si una barrabrava puede conseguir el reemplazo de un televisor, nada impide imaginar futuras intervenciones en reclamos contra empresas de telefonía, prepagas, aseguradoras o fabricantes de lavarropas. La contratación de una hinchada podría convertirse en un servicio complementario para consumidores insatisfechos, con tarifas diferenciadas según la cantidad de bombos, la peligrosidad de los cánticos y la resistencia del gerente. Por ahora, el experimento de Boulogne dejó una conclusión difícil de incorporar a los manuales de atención al cliente: en la Argentina, para hacer valer una garantía alcanza con conservar el ticket de compra, presentar el producto defectuoso y conocer a cinco tipos capaces de provocar un incidente.

