En Córdoba ya no se juega una interna: se juega un Mundial anticipado, con dirigentes que hablan de unidad mientras se miden hasta la respiración. Gabriel Bornoroni, Rodrigo de Loredo y Luis Juez compiten por el mismo premio: convertirse en el opositor que pueda enfrentar al peronismo provincial en 2027 sin quedar reducido a mascota electoral de Javier Milei. Del otro lado, Martín Llaryora mira la escena con una mezcla de prudencia, cálculo y esa calma de quien sabe que, si los rivales se matan entre ellos, la campaña sale gratis.
El gobernador volvió a moverse cerca de la Casa Rosada en medio del ascenso de Diego Santilli, un dirigente con llegada al Panal y olfato para esos acuerdos que nadie firma pero todos entienden. En el cordobesismo imaginan un pacto de no agresión con el Gobierno nacional: Milei necesita gobernabilidad, Llaryora necesita aire, y la política argentina necesita, como siempre, fingir que sus pactos son coincidencias institucionales. Manuel Calvo aparece como una pieza clave de esa diplomacia opaca, donde nadie dice “alianza” porque todavía queda feo, pero todos hablan como si ya hubieran pedido el menú.
El movimiento hizo estallar a Bornoroni, que en Córdoba se presenta como guardián de la pureza libertaria, una tarea siempre conmovedora en un espacio donde la pureza dura lo que tarda en aparecer una lista. El diputado y jefe de bloque de La Libertad Avanza cree que el peronismo cordobés está en retirada y que cualquier guiño entre Llaryora y Milei sería un salvavidas para un oficialismo que lleva casi tres décadas gobernando la provincia. Su libreto es simple: Milei va a llegar fortalecido, la economía va a mejorar, Córdoba va a querer cambio y él será el hombre que ponga la cara, la lapicera y, sobre todo, el sello violeta.
Para eso, Bornoroni empezó a hacer lo que hace cualquier revolucionario moderno: caminar intendentes, ofrecer gestión, mostrar vínculos con funcionarios nacionales y convertir al Banco Nación en una especie de mostrador político con aroma a crédito productivo. Ya llevó jefes comunales a encuentros con Diego Santilli y autoridades nacionales, una postal que mezcla federalismo, seducción territorial y manual de supervivencia para intendentes que descubrieron que la ideología suele ser menos urgente que una obra pública, una ambulancia o una línea de financiamiento.
En su entorno repiten que no hay motivos para regalarle a Llaryora un acuerdo provincial. Traducido del dialecto político: si Milei mide bien, la boleta libertaria tiene que ser propia; si mide mal, se verá cómo se disfraza la retirada. Bornoroni creció en las mediciones de imagen, aunque todavía pelea contra un problema básico y cruel: fuera del círculo político, buena parte de la sociedad cordobesa no sabe si es candidato, empresario, armador o el nombre de una estación de servicio. En campaña eso se corrige con plata, territorio y repetición. La santísima trinidad de la política cuando las ideas se toman vacaciones.
De Loredo, mientras tanto, juega otro campeonato. El radical se mueve como si el torneo hubiera empezado en enero y él ya hubiera pasado fase de grupos. Recorrió la provincia, lanzó su candidatura, se mostró con Macri, conversó con Lule Menem y Martín Menem, y empezó a vender una tesis muy conveniente: la unidad opositora es deseable, pero no imprescindible. En otras palabras, unidad sí, pero siempre y cuando la foto final lo tenga a él en el centro y no como decorado institucional al lado de un libertario con mejor conexión en Balcarce 50.
Los números que mira el deloredismo lo entusiasman. Una encuesta lo ubica primero en intención de voto para gobernador, con Llaryora segundo, Juez tercero y Bornoroni bastante más atrás. En su mesa leen esos datos como una confirmación de que el radicalismo todavía puede hacer algo más que administrar nostalgia, internas eternas y sellos partidarios con olor a expediente. También remarcan que De Loredo no quedó pegado del todo a la turbulencia libertaria y que puede hablar con Milei, con Macri y con los radicales sin terminar completamente carbonizado. En la Argentina, eso ya califica como equilibrio espiritual.
Juez observa el tablero con su estilo habitual: una mezcla de intuición, bronca y capacidad infinita para decir que todos están equivocados menos él. El senador no quiere quedar subordinado a la Casa Rosada ni a los cálculos del radicalismo. Sabe que conserva volumen propio, pero también sabe que la política cordobesa no perdona eternamente a los protagonistas que siempre están por llegar. Su desafío es brutal: demostrar que sigue siendo jugador titular y no apenas el veterano carismático al que todos invitan a la mesa para después esconderle el contrato.
En el Panal apuestan a que esa dispersión opositora haga el trabajo sucio. Llaryora no necesita enamorar a todos: le alcanza con sostener gestión, retener peronismo territorial y lograr que Bornoroni, De Loredo y Juez sigan discutiendo quién lleva la pelota. El gobernador también intenta instalar una idea peligrosa para sus rivales: Córdoba tiene lógica propia, vota distinto según la elección y no necesariamente compra paquetes cerrados desde Buenos Aires, aunque vengan envueltos en motosierra, épica republicana o indignación televisiva.
El resultado es una campaña que todavía no empezó pero ya tiene heridos preventivos. Bornoroni quiere ser el Milei cordobés. De Loredo quiere ser el opositor racional que puede ganar sin romper todo. Juez quiere ser Juez, que no es poco y a veces es demasiado. Llaryora, mientras tanto, intenta convencer al Gobierno nacional de que un acuerdo con él puede ser más útil que una guerra santa con final incierto. El Mundial político cordobés está en marcha: hay favoritos, suplentes, pases sospechosos y una pelota que todos dicen dominar. Como siempre, el hincha mira desde la tribuna y sospecha que le van a cobrar la entrada dos veces.

