En un país donde todo puede empeorar incluso cuando mejora, la lechería encontró su propia versión del milagro argentino: producir más para ganar menos. Según datos del sector, desde la asunción de Javier Milei ya cerraron más de mil tambos, lo que representa cerca del 10% de los establecimientos existentes, en un proceso que combina ajuste, concentración y resignación rural.
El fenómeno tiene algo de ironía cruel. Mientras la producción crece a buen ritmo, la rentabilidad no acompaña: los costos suben más rápido que el precio que recibe el productor, dejando a muchos en números rojos. “Cada vez más tambos están en rojo”, advierten desde entidades del sector, en un contexto macro que, como suele pasar, mira para otro lado cuando el problema es demasiado específico como para ser tendencia.
Puertas adentro, el diagnóstico es menos técnico y más brutal: el negocio dejó de cerrar para los pequeños y medianos productores. Algunos venden, otros reconvierten, y muchos simplemente bajan la persiana después de generaciones ordeñando. En paralelo, la actividad se concentra en menos manos, con empresas más grandes absorbiendo lo que queda del derrumbe.
En ese escenario, funcionarios provinciales denuncian que el modelo económico empuja a la desaparición de productores, mientras desde el enfoque nacional predomina una lógica más simple: si no es rentable, no sobrevive. Una especie de selección natural aplicada al campo, pero sin documental de fondo ni música épica.
El resultado es conocido y, a esta altura, casi rutinario: menos tambos, más concentración y un interior productivo que se achica en silencio. Porque en Argentina cerrar mil establecimientos ya no escandaliza. Apenas suma una línea más en el inventario de cosas que “se están acomodando”.M

