En clínicas privadas y hospitales públicos se repite un patrón con la precisión de un reloj suizo, solo que menos elegante. La práctica de alternar zonas sin pausa ni higiene previa —lo que en medicina se describe como transferencia de bacterias— aparece detrás de infecciones urinarias, anales y genitales que, según la Organización Mundial de la Salud y los Centers for Disease Control and Prevention, podrían evitarse con medidas básicas que nadie quiere interrumpir para aplicar.
“La flora bacteriana anal no tiene nada que hacer en la vagina o en la uretra. Es como invitar a un incendio a tu casa”, resumió la ginecóloga argentina Mariana Ledesma, quien señala que el traslado de bacterias como E. coli puede desencadenar infecciones en cuestión de horas. “El problema no es el sexo, es la logística”, habría ironizado el infectólogo Pablo Cárdenas en un panel sobre salud sexual. La frase circuló en redes porque resume lo que muchos profesionales repiten en privado: el cuerpo humano no es un espacio abierto sin reglas. “Mover bacterias intestinales es una forma bastante eficiente de garantizar una infección”, agregó. Traducido: si algo termina en antibióticos, probablemente no fue tan buena idea.
Los testimonios, como siempre, llegan después del entusiasmo. En una clínica de Palermo, un paciente relató haber consultado por ardor persistente tras un encuentro con su pareja masculina. El diagnóstico fue directo: uretritis bacteriana asociada a contaminación cruzada. “No pensé que importara tanto el orden”, habría admitido. En foros de salud, hombres que tienen sexo con hombres describen cuadros similares: proctitis, infecciones urinarias y molestias que aparecen horas o días después. En parejas heterosexuales, la escena cambia de protagonistas pero no de final: vaginosis, cistitis y la incómoda conversación sobre qué pasó exactamente.
También aparecen relatos más extremos. Una médica del sistema público señaló que “hay pacientes con infecciones recurrentes que, cuando se indaga, repiten la misma práctica sin medidas de higiene”. No es un misterio clínico, es repetición con consecuencias previsibles. En algunos casos, incluso, se suma el uso de objetos sin limpieza adecuada, lo que amplifica el problema con una eficiencia casi pedagógica.
Las recomendaciones, previsiblemente, no tienen nada de sofisticado: lavado, cambio de preservativo, o simplemente no trasladar bacterias de un ecosistema a otro como si fuera turismo interno. La educación sexual, en este punto, parece haber avanzado en discursos complejos pero tropezar en lo elemental. Porque, contra toda épica del deseo sin límites, el cuerpo sigue funcionando con reglas bastante básicas. Ignorarlas no es rebeldía: es una forma lenta y bastante absurda de terminar en la farmacia.

