La llegada de Javier Milei a la Casa Rosada produjo una revolución cultural de consecuencias todavía incalculables: convenció a miles de argentinos de que ellos también podrían ser presidentes. Los últimos en descubrir su vocación por conducir los destinos de la patria fueron Manuel y Santiago Passaglia, que anunciaron su candidatura presidencial para 2027. Todavía no resolvieron cuál de los dos será el candidato. Es comprensible: cuando uno está decidido a salvar a cuarenta y siete millones de personas, elegir quién va a hacerlo parece una cuestión secundaria.
Los Passaglia administran San Nicolás con una saludable concepción familiar de la democracia. Primero gobernó su padre, Ismael; después Manuel y finalmente Santiago. Tres intendentes, un solo apellido y la tranquilidad de no tener que explicarle nada a un extraño durante la transición. Ahora quieren trasladar la experiencia al país entero. Su partido se llama Hechos, una denominación que tiene la ventaja de no comprometerse con ninguna ideología y la desventaja de exigir resultados. En 2025 obtuvieron el 24% de los votos en la Segunda Sección Electoral, un respaldo que interpretaron como una invitación a gobernar la Argentina.
Los hermanos aseguran que no quieren saber nada con Milei ni con el kirchnerismo. Prometen soluciones concretas, salarios dignos y familias que lleguen a fin de mes. También presentarán candidatos en los 135 municipios bonaerenses. La ambición resulta conmovedora: hasta hace poco administraban una ciudad y ahora consideran que podrían arreglar un país. El fenómeno tiene una explicación sencilla. Si un economista que se hizo famoso gritando en televisión pudo convertirse en presidente, ¿por qué un intendente de San Nicolás debería conformarse con administrar el alumbrado público?
El problema es que la experiencia de Milei ofrece dos enseñanzas perfectamente contradictorias. La primera es que cualquiera puede llegar a presidente, incluso sin experiencia previa en la administración del Estado. La segunda es que eso no necesariamente constituye una buena noticia. Los Passaglia denuncian el fracaso de Milei, pero son hijos políticos involuntarios de su ejemplo: sin él, quizá nunca hubieran considerado tan accesible la Presidencia. La paradoja es impecable: cuanto peor consideran que gobierna Milei, más razonable parece que ellos también puedan ser presidentes y menos recomendable resulta que cualquiera pueda serlo.

