Pero antes del premio de Cabezón Cámara el Ozempic, y la superstición de que trae suerte, ya se desparramaba entre los escritores. Agustina Bazterrica, otra autora laureada y de gran reconocimiento internacional, hizo la prueba. Su carrera empezó a propulsarse. Roberto Chuit Raganovich y Luciano Lamberti agregaron una gotas al fernet en cada encuentro que sostenían, donde entre chanzas y humor cordobés comenzaron a encontrar la forma física… y el éxito. Hay quienes dicen que el aumento en las cuotas mensuales del gimnasio los empujó a dar el salto.
Otros aducen que se trató de una elaborada estrategia de marketing del laboratorio argentino que fabrica y distribuye el producto. Pero los rumores son como un fuego de verano en pleno bosque seco: incontrolables. Su origen se desconoce. Pero los escritores no pudieron resistirse a la combinación de una silueta más armoniosa y traducciones y publicaciones, y empezaron a comprarlo como hormigas que se precipitan hacia un charco de dulce de leche.
Mariana Enríquez no lo necesitaba; al menos en el plano del reconocimiento. Su éxito internacional la acompaña dondequiera que vaya, como un aura o un fantasma de los que pueblan sus geniales historias. Pero se tentó; en Australia el Ozempic es de venta libre y se consigue hasta en las estaciones de servicio. Y sus ventas se multiplicaron. Francisco Garamona lo mezcló con otras sustancias y fue internado. Pero se recuperó pronto y Mansalva, su sello, recibió un pedido de una biblioteca estadounidense por un número de cuatro verdes cifras.
Alguien empezó a atar cabos y en una asamblea de la Unión de Escritores Argentinos el tema pasó de broma a un debate sobre salud mental, industria farmacéutica y el rol del Estado. Se mencionó la posibilidad de pedir un subsidio. No hubo acuerdo. Pero una librería de Colegiales decidió venderlo si se presentaba una receta y se mencionaba una palabra clave, aprovechando que uno de sus libreros es farmacéutico. Las ventas se dispararon.
¿Pacto Fáustico? ¿Casualidad? ¿Sincronización biorrítmica? Las teorías cunden. Pero la única certeza es el misterio. Y de a poco empiezan a aparecer voces disidentes. Enzo Maqueira, un escritor que hace culto de su escultural cuerpo, posteó en Instagram que lo empezó a tomar por moda pero que el efecto “es una gran estafa”. Pidió que los jóvenes poetas no se dejasen engañar. Dolores Reyes, cuyo polémico libro Cometierra fue adaptado a la realidad mexicana por Amazon Prime en una serie que dará que hablar, dijo en una charla, ante la incómoda pregunta de una asistente, que “simplemente no funciona” y eligió cambiar de tema.

