El regreso del olor a muerte: médicos en alerta por pacientes jóvenes que consultan por halitosis “imposible”

Clínicas detectan un aumento de casos vinculados a infecciones internas, estrés extremo y cuadros que nadie quiere googlear, en un contexto económico que también empieza a oler mal.

El síntoma aparece de manera sorda y persistente. Jóvenes y adultos jóvenes llegan a consultorios y guardias convencidos de que el problema está en la boca, pero con la sospecha íntima de que no se trata de eso. No hay pasta dental que alcance ni enjuague que disimule. “Me lavaba los dientes cinco veces por día y seguía ahí. Empecé a evitar hablar de cerca”, contó Federico, 34 años, empleado administrativo que postergó la consulta durante meses por miedo al diagnóstico y por no poder afrontar estudios fuera de la cobertura básica. Cuando finalmente llegó al médico, el origen no era odontológico sino infeccioso.

Según médicos clínicos e infectólogos, este tipo de halitosis suele estar asociada a procesos internos avanzados. Infecciones profundas, cuadros gastrointestinales severos, fallas hepáticas incipientes y trastornos metabólicos aparecen con más frecuencia en pacientes que relatan jornadas laborales extensas, mala alimentación y abandono de controles de rutina.

“El cuerpo está funcionando al mínimo indispensable. Cuando no puede más, avisa de la manera menos elegante”, explicó una infectóloga de un sanatorio privado, que admite que muchos casos llegan tarde por motivos económicos más que por negligencia.

La crisis económica aparece como un factor transversal. Pacientes que saltean comidas, reemplazan alimentos frescos por ultraprocesados baratos o sostienen ayunos forzados por falta de dinero integran un perfil cada vez más común. A eso se suma el consumo extendido de ansiolíticos y estimulantes para sostener el rendimiento diario. “No vienen por el olor, vienen porque ya no pueden disimularlo en el trabajo”, señaló un clínico de una prepaga porteña. “Ahí se animan, cuando el síntoma empieza a tener consecuencias sociales”.

Mariana, 29 años, trabajadora freelance, relató que evitó consultar durante casi un año. “Pensé que era estrés, que se me iba a pasar cuando mejore la situación. No tenía plata para estudios ni ganas de escuchar algo grave”, dijo. El diagnóstico incluyó una infección digestiva avanzada y un cuadro de desnutrición funcional. Nada espectacular, todo acumulativo. Para los médicos, ese es el rasgo común: cuerpos jóvenes, todavía productivos, que empiezan a emitir señales históricamente asociadas a enfermedades graves, en un país donde enfermarse también se volvió un lujo.

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