El regreso forzado: crece el fenómeno de adultos que vuelven a vivir con sus padres por la inflación y la soledad digital

Psicólogos hablan de “nidos boomerang tardíos” y describen vínculos desgastados que ahora deben rearmarse a contramano del deseo. En redes, miles admiten que la autonomía ya es un lujo que no todos pueden sostener.

La presión económica está desmantelando, de a poco y sin dramatismo oficial, la ficción de la independencia adulta. Cada vez más personas de entre 28 y 45 años empacan lo que pueden, entregan las llaves del alquiler y regresan al cuarto donde alguna vez soñaron con no volver. El psicólogo clínico Gabriel Vázquez, del Centro de Estudios sobre Transiciones Adultas, asegura que la tendencia se volvió estadísticamente visible en los últimos meses. “No son casos aislados. Son adultos que trabajan, cumplen y aun así no pueden sostener el costo material de vivir solos. Lo que vuelve no es la persona: es la evidencia de un modelo agotado”, señaló.

En grupos de Facebook como La Argentina que No Puede Más, abundan relatos de mudanzas silenciosas, casi furtivas, donde la palabra “provisorio” intenta maquillar un horizonte incierto. Para la socióloga María Clara Olguín, especialista en dinámicas familiares contemporáneas, el retorno produce un choque inmediato entre expectativas y desgaste acumulado. “Los padres recuperan un rol que hacía tiempo no ejercían, y los hijos vuelven con una mezcla de resignación y alivio. La convivencia se vuelve un ensayo involuntario de límites que nadie pidió”, explicó.

El reacomodamiento también deja marcas en la vida cotidiana. Comercios de barrio registran compras que sugieren hogares ampliados de un día para otro, y los profesionales consultados mencionan episodios de “regresión funcional”: adultos que delegan tareas mínimas o adoptan rutinas que habían dejado atrás. Para Vázquez, el fenómeno no habla de fragilidad individual sino de un contexto que empuja hacia atrás mientras exige responsabilidad hacia adelante.

En redes sociales, la confesión de haber vuelto “con mamá o papá” ya no genera sorpresa, sino reconocimiento. La autonomía, convertida en un bien escaso, se negocia en cuotas, mientras la convivencia impone el recordatorio constante de que ciertas transiciones pueden revertirse sin necesidad de una explicación demasiado profunda. El nuevo realismo familiar se impone así, sin épica y sin alternativas visibles.

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