Escándalo en Córdoba: denuncias por gatos comidos desatan una tormenta política y Llaryora intenta despegarse

Mientras defendía el ajuste y el alineamiento con Javier Milei, el gobernador Martín Llaryora quedó en el centro de una crisis incómoda: vecinos hablan de mascotas devoradas y apuntan al crecimiento de la indigencia. En su entorno admiten que el tema “es explosivo”.

La escena mezcla alarma vecinal con clima de época. En barrios como Cofico, Alta Córdoba y General Paz, la desaparición de gatos domésticos dejó de ser un misterio menor para convertirse en un rumor persistente: algunos sostienen que personas en situación de calle los estarían utilizando como alimento. El dato, difícil de verificar y aún más incómodo de desmentir, empezó a circular en ámbitos políticos donde nadie quiere hacerse cargo, aunque todos toman nota.

Un comerciante de la zona norte, bajo reserva, describe un escenario que incomoda incluso a quienes están acostumbrados a ver de todo: “De noche hay movimientos raros. No es robo. Es otra cosa. Los gatos desaparecen y nadie explica nada”. En paralelo, una veterinaria de barrio asegura haber atendido “varios casos de dueños que llegan angustiados porque sus animales no vuelven”. Nadie firma estas versiones. El silencio funciona como protección y como síntoma.

La oposición encontró un filón inmediato. Vincula la situación con el giro de Llaryora hacia la Casa Rosada y con el recorte de programas sociales. “Se ajusta en asistencia, sube la indigencia y pasan estas cosas”, lanzó, en voz baja, un legislador peronista que todavía no decide si criticar o esperar. Desde el oficialismo provincial responden con libreto técnico: equilibrio fiscal, orden de cuentas, responsabilidad. En la calle, el discurso suena a otro idioma.

Puertas adentro del gobierno reconocen que la cantidad de personas en situación de calle creció y que el tema ya no se puede esconder detrás de planillas. Informes de organizaciones sociales y universidades vienen advirtiendo sobre el deterioro desde hace meses. Nadie los citó cuando eran informes. Ahora circulan como evidencia incómoda.

Mientras tanto, vecinos organizan patrullas improvisadas y hablan de “zonas liberadas” con una convicción que no necesita pruebas para expandirse. Llaryora, que hasta hace poco defendía el ajuste como única salida posible, ensaya una retirada elegante de una crisis que huele mal y pega peor. En Córdoba, la política discute números. En la calle, la conversación ya incluye gatos que no vuelven. Y eso, por alguna razón, resulta mucho más difícil de explicar.

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