Las Malvinas volvieron a quedar lejos, esta vez por decisión de una empresa de colectivos. Trabajadores del Grupo DOTA denunciaron que se había ordenado retirar de distintas unidades las calcomanías, mapas y banderas con la inscripción “Las Islas Malvinas son argentinas”. El operativo se extendió con discreción por varias líneas y coincidió, de manera providencial, con el malestar internacional provocado por la bandera que exhibió la Selección después de vencer a Inglaterra.
La maniobra tenía un pequeño inconveniente: los carteles no son una gentileza empresarial ni una ocurrencia nacionalista del chofer de turno. Su colocación es obligatoria en los servicios de transporte público de jurisdicción nacional y las compañías deben conservarlos en lugares visibles. DOTA, sin embargo, pareció otorgarse el derecho de revisar la política exterior argentina desde sus talleres y decidir qué parte de la soberanía seguía formando parte del equipamiento reglamentario.
Mientras las imágenes de los colectivos sin insignias comenzaban a circular, también aparecieron denuncias sobre la posible remoción de símbolos semejantes en trenes. Ningún funcionario nacional reconoció haber impartido una orden, aunque el silencio oficial resultó especialmente cómodo. En momentos en que Javier Milei procura mantener una relación devota con el mundo anglosajón, la palabra “Malvinas” empezó a comportarse como ese familiar incómodo que todos quieren pero nadie desea sentar cerca de los invitados británicos.
La controversia creció cuando choferes, dirigentes gremiales y pasajeros advirtieron que la empresa estaba retirando una leyenda exigida por la legislación vigente. Entonces llegó la explicación corporativa. Marcelo Pasciuto, director del Grupo DOTA, sostuvo que no existía una eliminación, sino un simple “recambio”: los adhesivos estaban deteriorados y serían reemplazados por otros nuevos.
La defensa empresarial alcanzó un nivel superior cuando se prometió colocar “algo más lindo”. De repente, arrancar los carteles sin exhibir inmediatamente sus reemplazos dejó de parecer una retirada y se convirtió en una sofisticada decisión estética. Las Malvinas no habían sido censuradas: estaban en proceso de rediseño. Quizás faltaba elegir la tipografía, discutir la paleta de colores o comprobar si la soberanía combinaba con los asientos.
Después del escándalo, DOTA garantizó que la inscripción regresará a las unidades mediante chapas, calcomanías o nuevos diseños. La empresa consiguió así una proeza muy argentina: retroceder sin admitir la marcha atrás y presentar el repliegue como una mejora del servicio. Las islas volverán a los colectivos porque son argentinas, aunque también porque la indignación pública demostró que bajarlas podía salir bastante más caro que imprimir los carteles.

