Fernando Cerimedo cayó en Palmasola, el penal de las violaciones grupales, los latigazos, el hambre y las letrinas rotas

El operador digital argentino quedó detenido preventivamente en la cárcel más poblada de Bolivia, un universo de 9.000 presos donde hubo muertos a balazos, denuncias de abusos sexuales y hasta problemas para garantizar la comida. Viejos informes oficiales describieron baños destruidos, basura acumulada y un curioso “derecho de piso”: los recién llegados limpiaban la mugre.

Fernando Cerimedo pasó en pocos días de los despachos del poder boliviano a Palmasola, probablemente uno de los lugares menos adecuados del continente para descubrir las virtudes del minimalismo. La Justicia ordenó que permanezca allí 180 días mientras avanza la investigación por tentativa de feminicidio contra su expareja Nadia Beller. El penal tiene alrededor de 9.000 internos y un hacinamiento estimado en 205%. Entre sus paredes funcionan negocios, restaurantes y alojamientos administrados por presos. Una especie de ciudad privada, salvo por el pequeño detalle de que nadie eligió mudarse allí y las inmobiliarias pueden incluir, entre sus amenities, rejas, extorsiones y violencia.

La postal pierde rápidamente su encanto cuando se llega al baño. Un informe de la Defensoría sobre sectores de Palmasola documentó baños y letrinas insuficientes y en mal estado, basura acumulada, instalaciones de agua construidas por los propios detenidos y falta de recursos estatales para mantener la higiene. La limpieza, según aquel relevamiento, podía recaer sobre los nuevos mediante el llamado “derecho de piso”. Es decir, entrar preso y descubrir que, además del encierro, el programa de bienvenida podía incluir limpiar la mugre de cientos de desconocidos. La precariedad no quedó sepultada en archivos antiguos: en 2025 la Defensoría volvió a advertir sobre graves problemas de salud y alimentación y en abril de 2026 el proveedor de comida de Palmasola denunció que ya no tenía fondos para cocinar por meses de deuda acumulada. La reinserción social puede esperar. El desayuno, aparentemente, también.

Pero el verdadero descenso empieza bastante más abajo. En marzo de este mismo año, la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia informó que un preso había sido víctima de una violación grupal dentro de Palmasola. El Deber agregó un detalle difícil de mejorar incluso para una película carcelaria de pésimo gusto: antes del abuso, el interno habría recibido 65 latigazos. Informes anteriores de la propia Defensoría ya habían recogido testimonios sobre agresiones sexuales contra visitantes. Y en noviembre de 2025 otro preso apareció muerto después de recibir disparos dentro del penal, obligando a las autoridades a explicar una de esas incómodas anomalías administrativas: cómo consigue entrar un arma de fuego a una cárcel que, en teoría, existe justamente para controlar lo que entra.

No existe ninguna evidencia de que Cerimedo haya sufrido hasta ahora una agresión sexual ni de que viva exactamente en los sectores descriptos por aquellos informes. El problema es que no hace falta inventarle nada a Palmasola. Entre hacinamiento, comida que periódicamente falta, violencia, armas clandestinas y antecedentes de abusos sexuales, el penal ya trae de fábrica suficiente material escabroso. El hombre acostumbrado a moverse entre campañas, teléfonos, operaciones digitales y pasillos del poder deberá aprender durante los próximos meses otra tecnología bastante más antigua: saber dónde dormir, qué comer, qué limpiar y, sobre todo, con quién conviene no equivocarse.

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