La guerra fría silenciosa entre gobernadores: el avance de Pullaro y Kicillof reconfigura el mapa del poder provincial

Mientras el Gobierno nacional busca contener tensiones internas, Maximiliano Pullaro y Axel Kicillof consolidan espacios propios y se perfilan como polos de influencia territorial. La disputa, soterrada pero persistente, empieza a incomodar a dirigentes que preferían un tablero más previsible.

 En los pasillos del Congreso y en las reuniones técnicas con la Casa Rosada circula un diagnóstico que pocos se animan a decir en público: los gobernadores volvieron a disputar centralidad, y dos nombres concentran la atención de todos —Maximiliano Pullaro en Santa Fe y Axel Kicillof en Buenos Aires. La relación entre ambos no es de confrontación abierta, pero sí de competencia estratégica, lo suficientemente visible como para alterar el clima interno del oficialismo y de la oposición.

Pullaro, fortalecido por su agenda de seguridad y por un bloque legislativo que aprendió a moverse con disciplina quirúrgica, se transformó en un actor indispensable para cualquier negociación que pretenda llegar al Senado con algo más que buenas intenciones. Su crecimiento inquieta a referentes nacionales que esperaban un protagonismo más acotado. Un asesor del Ministerio del Interior lo admite sin rodeos: “Cuando Pullaro habla, el resto escucha. No era el plan original”.

Del otro lado del mapa, Axel Kicillof sostiene una estructura territorial que sobrevive a la inestabilidad general. Sus reuniones con intendentes, sus apariciones calculadas y su influencia en el PJ bonaerense alimentan la idea de un liderazgo que, lejos de retraerse, busca proyectarse. Un legislador peronista que trabaja a su lado describe la situación de forma casi clínica: “Kicillof no pelea por volumen político; pelea por control. Y control tiene”.

La Casa Rosada observa el movimiento con una mezcla de cautela y cansancio. Funcionarios admiten que coordinar con dos polos tan definidos exige más negociación de la que la gestión estaba dispuesta a invertir. En privado, un miembro del gabinete lo reconoce: “No es un problema ideológico, es geométrico. Hay demasiados centros de gravedad para un país tan fracturado”.

La disputa entre Pullaro y Kicillof no estalla, pero crece. No se declara, pero ordena. Y mientras el Gobierno nacional intenta sostener un equilibrio cada vez más frágil, la política provincial avanza con otro ritmo, otras urgencias y otros proyectos. El tablero, una vez más, se mueve lejos de la Casa Rosada.

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