La última misa ricotera: una multitud paralizó Avellaneda para despedir al Indio mientras la política miraba desde afuera

Más de 70 cuadras de fila, micros llegados de todo el país y una vigilia multitudinaria marcaron el adiós al músico que logró lo que ya casi nadie consigue en la Argentina: reunir a cientos de miles de personas sin partidos, sin influencers y sin pauta oficial.

La muerte de Carlos “Indio” Solari desató una movilización de dimensiones inéditas. Desde la madrugada, columnas de fanáticos llegaron a Villa Domínico desde Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza, la Patagonia y hasta países vecinos para participar del velatorio público del exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La fila superó las 70 cuadras y convirtió parte de Avellaneda en una peregrinación improvisada donde convivieron jóvenes que nunca lo vieron en vivo con veteranos que todavía conservan entradas de Cemento, Racing o Tandil como si fueran reliquias.

La escena tuvo algo de anacronismo. En una época dominada por algoritmos, consumo fragmentado y celebridades que duran menos que una actualización de software, cientos de miles de personas volvieron a movilizarse alrededor de una figura que llevaba años prácticamente retirada de la vida pública. Los puestos de choripanes, las banderas con la leyenda “El futuro llegó” y los cánticos espontáneos transformaron el funeral en una gigantesca ceremonia popular. Más de un observador recordó que los recitales ricoteros fueron, durante décadas, uno de los pocos fenómenos culturales capaces de reunir multitudes comparables a las de un acto político o una final de fútbol.

La despedida también expuso un contraste incómodo. Mientras el gobierno de Javier Milei continúa librando una batalla diaria en redes sociales y concentrando buena parte de su narrativa en métricas digitales, el fenómeno ricotero volvió a demostrar la persistencia de una identidad colectiva difícil de medir en encuestas o tendencias de X. No faltaron quienes señalaron que la convocatoria superó ampliamente la asistencia habitual de muchos actos partidarios, una comparación que circuló durante toda la jornada entre periodistas, dirigentes y usuarios de redes.

Solari, que había revelado públicamente su diagnóstico de Parkinson en 2016 y atravesó los últimos años con un perfil bajísimo, terminó convirtiéndose en una figura cada vez más singular dentro de la cultura argentina. Rechazado por sectores del establishment durante años, discutido por empresarios del espectáculo y convertido en blanco recurrente de polémicas mediáticas, construyó una influencia que sobrevivió a gobiernos, crisis económicas, modas culturales y plataformas digitales. El resultado quedó a la vista en Avellaneda: mientras gran parte de la dirigencia continúa buscando desesperadamente cómo convocar gente, el último gran mito del rock argentino volvió a llenar las calles incluso después de muerto.

La imagen final fue tan simple como contundente. Miles de personas avanzando lentamente bajo el frío, algunas llorando, otras cantando y muchas filmando para dejar constancia de que estuvieron allí. Una multitud heterogénea, desordenada y difícil de clasificar. Exactamente el tipo de fenómeno que suele desesperar a los consultores políticos porque no entra en ninguna planilla de Excel.

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