“Mi pene, a la plancha”: el artista japonés que cobró entrada para comérselo y convirtió el morbo en obra

En 2012, Mao Sugiyama organizó en Tokio una cena donde el plato estrella era parte de su propio cuerpo. Hubo tickets pagos, certificado médico y cinco comensales dispuestos a probar “arte contemporáneo” en versión gourmet.

El anuncio se hizo por Twitter, sin eufemismos y con precio incluido. Mao Sugiyama, artista y activista, había decidido extirparse voluntariamente los genitales y ofrecerlos cocinados en un evento privado. El encuentro se realizó en un espacio cultural de Tokio ante decenas de espectadores y cinco personas que pagaron por sentarse a la mesa. La policía evaluó el caso y concluyó que no había delito: en Japón no existe una ley específica que prohíba el canibalismo si no hay violencia ni profanación de cadáver.

El episodio fue cubierto por medios internacionales como The Guardian y Vice, que reconstruyeron la escena con un tono entre el asombro y la fascinación. Según relató una de las comensales a Vice años después, la experiencia “no fue sexual ni grotesca”, sino más cercana a “un acto conceptual, casi clínico”. Otra participante aseguró que el sabor era “suave” y que el clima del evento se parecía más a una performance universitaria que a una película de terror. Tokio, sin embargo, no lo vivió con tanta filosofía.

En su momento, The Japan Times detalló que Sugiyama había firmado documentos legales y presentado análisis médicos para evitar riesgos sanitarios. Él mismo defendió la acción como una crítica al mercado del arte y a la obsesión por el cuerpo. En redes sociales, la historia explotó entre indignación, memes y debates morales que todavía reaparecen cada vez que alguien necesita demostrar que la realidad siempre supera al guion más retorcido.

Con el tiempo, el banquete quedó como una postal incómoda de la era viral temprana: un artista que convirtió su propio cuerpo en mercancía literal y un público dispuesto a pagar por la experiencia. Moralistas escandalizados, curadores intrigados y usuarios de X pidiendo “contexto” completaron el cuadro. Porque si algo demostró aquella noche en Tokio es que, cuando el arte promete transgresión total, siempre habrá quien saque la tarjeta. Aunque el menú venga sin metáforas.

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