Después de meses de sobreexposición, Manuel Adorni habría dejado de ser el fusible simpático del mileísmo para convertirse en una máquina de desgaste continuo. En Balcarce 50 ya no se hablaría de “errores de comunicación”, sino de un problema bastante más serio: un vocero que empezó como meme eficaz y amenaza con terminar como símbolo del agotamiento prematuro del gobierno. En ese clima, Javier Milei habría decidido desempolvar a Patricia Bullrich, figura de orden permanente, mano dura serial y superviviente profesional de todas las temporadas del poder.
La jugada no sorprende ni un poco. Cada vez que el dispositivo libertario cruje, aparece Bullrich como si fuera el matafuegos de repuesto del oficialismo. Ya no importa si su centralidad crece por convicción, necesidad o simple desesperación: en el ecosistema oficial la ministra sigue funcionando como lo único parecido a una garantía de rudeza, disciplina y caos controlado. Dicho de otro modo, cuando Adorni tropieza, la Rosada llama a Patricia como si todavía quedara público dispuesto a confundir firmeza con estabilidad.
En el entorno libertario algunos ya deslizarían, en voz baja, que el problema no es sólo Adorni, sino el modelo completo de vocería convertido en show de loop infinito. Lo que al principio servía para humillar rivales en conferencia y regalar títulos en redes, ahora empezaría a exhibir fatiga, saturación y un pequeño detalle incómodo: la gestión existe. Y cuando la gestión aparece, el sarcasmo deja de alcanzar.
Por eso el rescate de Bullrich tendría algo de relanzamiento y mucho de señal de alarma. Porque cuando un gobierno necesita volver a su ministra más veterana para tapar el “desastre” de su portavoz estrella, no está ampliando su oferta política: está admitiendo, aunque sea por elevación, que el casting original empezó a fallar. Y en la televisión cruel de la política argentina, cuando el vocero deja de rendir, alguien siempre termina pagando el rating.

