La Selección argentina se juega ante Inglaterra el pase a la final del Mundial y el Gobierno enfrenta una competencia bastante más modesta: decidir quién se queda con la foto. Mientras millones de argentinos desempolvan a Maradona, la guerra de Malvinas y cuarenta años de bronca futbolera, en la Casa Rosada calculan cuánto nacionalismo conviene consumir sin incomodar a Javier Milei, declarado admirador de Margaret Thatcher. Un problema de comunicación pequeño, apenas comparable con organizar un homenaje a San Martín en la embajada española.
El Presidente seguirá el partido desde la Quinta de Olivos junto a su hermana Karina, sin asueto administrativo, actividades oficiales ni funcionarios haciendo turismo mundialista en primera fila. La orden es mostrarse lejos de cualquier intento de apropiación política, aunque Milei ya ofreció la Casa Rosada para un eventual festejo y prometió vaciarla cuando lleguen los jugadores. El Gobierno quiere aparecer si hay copa, pero sin aparecer demasiado. Una sofisticada doctrina basada en abrazar el éxito desde una distancia prudencial y con las cámaras encendidas.
En el otro vestuario libertario, los dirigentes cercanos a Santiago Caputo reclaman subir el volumen, envolver el ajuste en una bandera argentina y aprovechar cada gol como si fuera una reforma estructural. Victoria Villarruel directamente rompió el libreto y llamó a los ingleses “piratas usurpadores”, vinculó el partido con Malvinas, Maradona y la posible última función mundialista de Lionel Messi. En pocas horas consiguió lo que la administración nacional intenta evitar desde hace días: recordar que el rival de esta tarde pertenece al mismo país cuya ex primera ministra despierta devoción presidencial.
La contradicción terminó de explotar cuando se confirmó que no podrán ingresar al estadio banderas ni carteles vinculados con Malvinas. El operativo en Atlanta contará con accesos diferenciados y unos 1.600 agentes, porque hasta las autoridades estadounidenses comprendieron que Argentina-Inglaterra nunca es solamente fútbol. En Buenos Aires, mientras tanto, el Gobierno espera el resultado encerrado entre dos temores: que la Selección pierda y se termine la fiesta, o que gane y el país descubra que todavía puede emocionarse colectivamente por algo que no fue creado por Javier Milei.

