Hay elecciones municipales y hay escenas del crimen político. Lo ocurrido este domingo en Marcos Juárez pertenece bastante más a la segunda categoría. Germán Font, dirigente peronista que compitió con el sello local Generación MJ y mantiene una relación política con Martín Llaryora, obtuvo el 46,09% de los votos y pulverizó al exintendente Pedro Dellarossa, que apenas llegó al 19,99%. Tercero quedó Gerardo Pasquali, con poco más del 17%. Todo sucedió en una ciudad que durante años fue presentada como el “kilómetro cero” de Cambiemos, el laboratorio cordobés donde en 2014 empezó a fabricarse la coalición que un año después llevaría a Mauricio Macri a la Casa Rosada. Doce años más tarde, el experimento terminó con un peronista ganando por más de 25 puntos y con la derecha discutiendo quién se queda con los muebles.
Para Javier Milei, el dato más incómodo es casi cómico: La Libertad Avanza ni siquiera estaba en la boleta. El oficialismo nacional decidió correrse de la elección, pese a que Córdoba fue durante años uno de los grandes reservorios electorales del antiperonismo. La estrategia parecía infalible: si no se juega el partido, técnicamente no se puede perder. El pequeño inconveniente fue que el espacio vacío terminó ocupado por un candidato cercano a Llaryora y que Dellarossa, respaldado durante la campaña por Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Luis Juez, recibió una paliza difícil de maquillar como fenómeno estrictamente municipal. Marcos Juárez había sido un símbolo de la construcción de una mayoría no peronista; ahora puede convertirse, con esa crueldad que tiene la política cuando descubre una metáfora demasiado buena, en el lugar donde empezó a verse su descomposición.
El resultado cae sobre una Casa Rosada que ya venía acumulando síntomas bastante menos pintorescos. Las encuestas que maneja el propio oficialismo muestran a Milei rondando una aprobación de apenas un tercio del electorado y sin conseguir el rebote que espera desde hace meses. En el Congreso, la oposición volvió a reunir mayorías para imponer debates incómodos; empresarios industriales elevaron públicamente el volumen de sus críticas al rumbo económico; y el Presidente buscó en las últimas semanas recuperar centralidad con una ofensiva discursiva alrededor de Malvinas mientras mantiene su guerra cotidiana contra periodistas, opositores y prácticamente cualquier organismo vivo que publique algo que no le guste. Los números macro todavía le permiten a Luis Caputo exhibir inflación mensual del 2,1%, superávit comercial y algunos indicadores positivos. El problema para el Gobierno es que las sociedades, por una inexplicable falla de diseño, además de mirar planillas también votan.
Marcos Juárez no define una elección presidencial, naturalmente. Son unos 25 mil electores, participaron poco más de seis de cada diez y el ganador ni siquiera compitió con la boleta tradicional del PJ. Pero la política vive de símbolos y este es obscenamente perfecto: en la ciudad donde nació el relato de que el peronismo podía ser expulsado del poder por una nueva derecha moderna, el peronismo volvió después de 53 años mientras la nueva nueva derecha prefirió ni presentarse. Falta mucho para 2027 y Milei conserva un núcleo duro importante. Pero cuando un gobierno empieza a explicar que una elección que no disputó no significa nada, mientras todos sus adversarios corren a sacarse fotos con el cadáver del antiguo “kilómetro cero”, el problema ya no consiste sólo en perder votos. Consiste en empezar a perder el relato. Y para un Presidente que hizo del relato una motosierra, una religión y un programa de gobierno, esa puede terminar siendo la derrota bastante más cara.

