La relación entre Javier Milei y Martín Llaryora atraviesa uno de sus momentos más delicados. Aunque públicamente ambos mantienen las formas institucionales, en los despachos oficiales admiten que se instaló una lógica de “distancia controlada”: nadie quiere aparecer dependiendo del otro. La Casa Rosada considera que el cordobesismo ya no es imprescindible para sostener la gobernabilidad, mientras que en Córdoba creen que el calendario juega a favor del gobernador y que el desgaste libertario podría abrir nuevas oportunidades hacia 2027.
La tensión tiene varios capítulos abiertos. Córdoba viene reclamando fondos nacionales, cuestionó decisiones vinculadas a subsidios energéticos y quedó envuelta en la discusión por la llamada “zona fría”, un tema especialmente sensible para amplios sectores del interior provincial. En paralelo, el gobierno cordobés intenta sostener una identidad propia: acompaña algunas reformas económicas impulsadas por Milei, pero busca diferenciarse de la motosierra permanente que baja desde Balcarce 50. En el entorno de Llaryora repiten que la provincia no está dispuesta a convertirse en una sucursal libertaria.
Del otro lado, cerca del Presidente aseguran que Milei no está dispuesto a reeditar los viejos pactos de gobernabilidad que caracterizaron a otros gobiernos. La estrategia libertaria consiste en confrontar incluso con dirigentes que hasta hace poco eran considerados aliados circunstanciales. El mensaje es simple: quien quiera sobrevivir políticamente deberá hacerlo sin la asistencia de la Nación. Una filosofía que entusiasma a la tropa más dura de La Libertad Avanza, aunque genera preocupación entre empresarios cordobeses que observan con inquietud el enfriamiento del vínculo.
En las últimas semanas, además, comenzaron a circular versiones sobre encuestas que muestran escenarios cada vez más competitivos en Córdoba. Algunos sondeos que habrían llegado a despachos oficiales indican que la imagen de Milei sigue siendo alta, pero ya no aparece blindada frente al impacto de la recesión y la caída del consumo. En ese contexto, Llaryora apuesta a administrar la paciencia y evitar choques definitivos. La foto sonriente entre ambos todavía existe, pero detrás de escena ya hablan de una convivencia forzada donde cada gesto se interpreta como una declaración de guerra. En la política argentina, una disciplina donde nadie confía en nadie y todos se abrazan mirando de reojo la caja, eso suele ser el primer síntoma de algo más grande.

