Morón: tras la paliza en la interna, un ex ladero de Sabbatella queda al borde del retiro entre denuncias por acoso

Fernando Torrillate, ex jefe de prensa del sabbatellismo, quedó herido de muerte después de la derrota frente al armado de Lucas Ghi. Sin votos, sin territorio propio y cada vez más aislado, en el peronismo local ya lo dan por amortizado. Sobre su derrumbe se montan además viejas acusaciones de acoso sexual, entre ellas la de Macarena Alifraco, que vuelven a circular ahora que se apagó la protección política.

La interna del PJ en Morón no dejó heridos: dejó restos. Y entre esos restos aparece Fernando Torrillate, ex funcionario del área de Comunicación, ex jefe de prensa de Martín Sabbatella y engranaje menor de un dispositivo que durante años confundió control del municipio con eternidad política. La derrota frente al armado de Lucas Ghi fue tan contundente que convirtió a varios dirigentes del viejo esquema en chatarra de una maquinaria agotada. Torrillate, según coinciden fuentes del peronismo local, quedó especialmente expuesto: sin territorio propio, sin volumen político y con un prontuario informal que ya no se puede esconder detrás de un comunicado oficial.

Para el gran público, su nombre no significa demasiado. En la rosca de Morón, en cambio, supo ser uno de esos cuadros de segunda línea que, por pasar demasiado tiempo cerca del micrófono, terminan creyendo que son la voz. Fue funcionario, operador, vocero y parte del decorado estable del sabbatellismo. Mientras el espacio conservó poder, Torrillate se movió con el aplomo de quien administra poder ajeno como si fuera propio. El problema de vivir de prestado es que, cuando el dueño pierde la casa, el inquilino también queda en la calle. Y esta vez el desalojo fue sin contemplaciones.

En el distrito ya no se habla sólo de su repliegue político. También empezó a salir del freezer partidario el otro expediente que durante años circuló en voz baja: las acusaciones de acoso sexual que persiguen al ex funcionario. Entre los nombres que aparecen en esas conversaciones reservadas figura Macarena Alifraco. “Mientras tuvo cobertura política, todos miraron para otro lado; ahora resulta que se acordaron de golpe”, resumió una fuente del peronismo local con conocimiento directo de ese expediente informal. Otra voz, bastante menos sutil, sintetizó el nuevo clima con una crueldad que en Morón ya suena a balance de época: “Se terminó la impunidad del pelotudo útil”. En la política municipal, la moral suele aparecer justo cuando ya no queda nada por repartir.

El cuadro se vuelve todavía más incómodo por un detalle que hoy sus detractores exhiben como prueba de impostura: Torrillate ni siquiera vive en Morón, sino en Ituzaingó. Mientras el sabbatellismo manejó resortes de poder, ese pequeño detalle geográfico fue tolerado con la hipocresía habitual de la liturgia militante. Ahora se transformó en un chiste fijo del oficialismo local. “Hablaba como dueño de un distrito que ni siquiera habita”, ironizó un dirigente que hoy celebra el nuevo reparto. Traducido al idioma de la rosca: mientras hubo caja, nadie preguntó la dirección; cuando se terminó la música, hasta el código postal se volvió un problema.

Los testimonios reservados que circulan por estas horas dibujan un final bastante menos heroico que el que todavía fantasean algunos nostálgicos del sabbatellismo. “Está solo, muy golpeado y sin nadie con ganas de inmolarse por él”, dijo una fuente que compartió estructura con el ex funcionario. Otra agregó: “Durante años fue de esos tipos que se movían como si el cargo los volviera irresistibles. Ahora quedó apenas como lo que era”. Son frases de entierro político, aunque en el conurbano el velorio suele empezar mucho antes de la defunción formal. Primero se filtra el aislamiento, después aparecen las historias que todos conocían y nadie decía, y al final alguien instala la palabra retiro para evitar la expresión exacta: descarte.

En paralelo, ya empezó a circular una versión que en otro contexto sonaría a maldad de sobremesa y hoy parece más bien una salida de emergencia: que Torrillate evalúa bajarse de la política y volver al show, entre tareas de animación, mimo o entretenimiento infantil. La hipótesis, que en el distrito repiten entre risas y veneno, tiene una lógica casi perfecta. Después de años dedicado a actuar en nombre de otros, el regreso al escenario sería menos una reinvención que un sinceramiento. En Morón hay dirigentes que confunden gestión con casting, poder con personaje y militancia con utilería. A Torrillate, dicen, se le cayó todo junto: el libreto, el cargo, la cobertura y el decorado. Esta vez no hubo aplausos. Hubo escrutinio. Y el escrutinio, como suele ocurrir cuando se acaba la protección, no perdona actores de reparto.

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