El consumo de pan registró una fuerte caída en la provincia de Buenos Aires y encendió las alarmas en el sector panadero. Según referentes de la actividad, las ventas se desplomaron alrededor de un 45% en el último año, un retroceso que impacta tanto en pequeñas panaderías de barrio como en locales con décadas de historia.
La advertencia llegó desde el Centro de Panaderos de Merlo y desde la Cámara de Industriales Panaderos (CIPAN), donde aseguran que la combinación de menor poder adquisitivo, suba de costos y caída del consumo está dejando a muchos comercios al borde del cierre. El diagnóstico es sencillo y poco sofisticado: cuando el bolsillo se achica, hasta el pan —uno de los alimentos más básicos de la mesa argentina— empieza a quedar fuera del mostrador.
Martín Pinto, referente del sector, señaló que el problema se agrava por los aumentos constantes en harina, energía, combustible y alquileres, una ecuación que complica cada vez más la continuidad de los negocios. “Si seguimos así, en 2026 vamos a tener un récord de cierres”, advirtió.
Los números recientes ya anticipan el panorama: en los últimos dos años cerraron unas 2.000 panaderías en todo el país y se perdieron cerca de 16.000 empleos. En muchos barrios, cuentan los propios panaderos, el pedido típico cambió: donde antes salían bolsas llenas, hoy algunos clientes preguntan cuánto pan alcanza con lo que quedó en el bolsillo.
Si la tendencia continúa, el sector teme que la clásica postal argentina —la fila de vecinos en la panadería del barrio— empiece a parecerse más a un recuerdo que a una rutina cotidiana. Y en un país donde el pan siempre funcionó como termómetro social, la señal no es precisamente tranquilizadora.

