La investigación reciente en etología y cognición animal muestra que los gatos no solo aprenden, sino que razonan de forma abstracta y relacional, es decir, no dependen exclusivamente del ensayo y error ni de estímulos directos. Un estudio clave de Takagi et al. (2016, Animal Cognition) demostró que los gatos pueden inferir la presencia de un objeto invisible a partir del sonido, una habilidad asociada a la representación mental y al razonamiento causal. No ven la pelota, pero “saben” que está ahí. Eso no es reflejo: es pensamiento.
Algo similar ocurre con la cognición relacional, la capacidad de comprender relaciones entre elementos más allá de su valor inmediato. Investigaciones compiladas por Vitale Shreve y Udell (2019, Animal Cognition) muestran que los gatos forman mapas espaciales complejos, recuerdan trayectorias, anticipan eventos y ajustan su conducta en función de relaciones sociales y ambientales. No obedecen como un perro, pero calculan.
Este tipo de inteligencia es menos visible porque no está orientada a complacer ni a responder órdenes humanas. Evolutivamente, el gato es un cazador solitario, no un animal de manada. Su cognición está diseñada para optimizar energía, minimizar riesgos y tomar decisiones autónomas. Desde ese punto de vista, ignorar una orden puede ser una decisión racional, no un déficit cognitivo.
Incluso en el plano social, estudios recientes indican que los gatos reconocen la voz de su humano, distinguen estados emocionales y ajustan su comportamiento según experiencias previas. Lo que no hacen -y eso incomoda- es simular dependencia. Su inteligencia es estratégica, no performativa.
La dificultad para reconocer esta forma de pensamiento dice menos sobre los gatos que sobre nosotros. Seguimos midiendo la inteligencia animal con criterios escolares: obediencia, repetición, rapidez de respuesta. Pero cuando se observan capacidades como inferencia, memoria episódica, flexibilidad conductual y representación abstracta, los gatos aparecen no como torpes, sino como radicalmente distintos.
Tal vez el error no sea subestimarlos, sino insistir en que piensen como perros. O peor aún: como humanos. Porque si algo muestran los gatos es que la inteligencia no siempre busca agradar, y que entender el mundo no implica necesariamente explicarlo en voz alta.

