Por primera vez en más de un siglo de seguimiento del rendimiento cognitivo humano, una generación más joven ha obtenido peores resultados en pruebas estandarizadas que la generación anterior. Según el reciente informe del neurocientífico Dr. Jared Cooney Horvath ante la Comisión de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de los Estados Unidos, los nacidos entre mediados de los 90 y principios de los 2010 -la denominada Generación Z- muestran puntuaciones inferiores en indicadores clave como atención, memoria, alfabetización, numeración y función ejecutiva en comparación con los millennials, rompiendo así la tendencia histórica de mejora intergeneracional en capacidades cognitivas que se había observado durante gran parte del siglo XX y parte del XXI.
Los resultados de estas evaluaciones, difundidos a través de múltiples medios internacionales, apuntan a que la Generación Z es la primera en la historia reciente en anotar promedios más bajos de coeficiente intelectual (CI) y otras medidas académicas respecto a sus padres millennials. Horvath y otros expertos señalan que este fenómeno podría estar relacionado con la omnipresencia de pantallas digitales y la cultura del estímulo breve: un entorno educativo y mediático dominado por consumo fragmentado de información, interrupciones constantes y formatos breves que priorizan la atención superficial por sobre la lectura sostenida y el pensamiento profundo.
La discusión en torno a estos hallazgos ha generado controversia, tanto académica como social, porque plantea preguntas incómodas sobre cómo la digitalización temprana y el diseño de entornos centrados en captar la atención, en vez de desarrollarla, pueden estar modelando el pensamiento y el aprendizaje. Mientras algunos celebran la oportunidad de repensar modelos educativos y fomentar prácticas de lectura y concentración más profundas, otros advierten contra interpretaciones simplistas que equiparen automáticamente test estandarizados con inteligencia humana en su sentido más amplio.

