Harry James Kitto tenía 24 años, era británico y recorría Sudamérica con su novia cuando cometió el error de confiar en un mozo. El 30 de octubre de 2025 entró al Café Tortoni, el histórico café porteño, y pidió chocolate con churros. Como era gravemente alérgico al maní, preguntó si contenían ese ingrediente. Le dijeron que no. Volvió a preguntar después de probarlos, porque empezó a sentirse mal. Otra vez le respondieron que no. En un local fundado en 1858, la seguridad con que se contestan las preguntas parece haber sobrevivido mejor que los controles sobre los alimentos.
Poco después, el joven comenzó a hincharse y a tener dificultades para respirar. Mientras su novia corría a buscar una inyección de adrenalina, Kitto se desplomó en la calle. Sufrió un paro cardíaco y su corazón permaneció detenido unos once minutos. Los médicos del Hospital Ramos Mejía consiguieron reanimarlo, pero el daño cerebral por falta de oxígeno resultó irreversible. Murió el 7 de noviembre. Había viajado miles de kilómetros para conocer Sudamérica y terminó protagonizando una experiencia turística que difícilmente aparezca en las recomendaciones oficiales.
Su padre y su hermano regresaron al Tortoni, encargaron los mismos churros y preguntaron si tenían maní. Recibieron respuestas que iban desde el desconocimiento hasta una nueva negativa. Mandaron una muestra a analizar y el laboratorio encontró 20 miligramos de proteína de maní por kilo. El resultado no permite determinar cuánto había ingerido Harry ni cómo se produjo la contaminación. Sí demuestra que otro churro del establecimiento contenía aquello que supuestamente no contenía. La ciencia aportó una precisión que el servicio de mesa había considerado innecesaria.
El caso volvió a conocerse tras una investigación forense británica que calificó la muerte como accidental. El Tortoni, que recibió a Borges y Gardel, sumó un episodio bastante menos prestigioso a sus 168 años de historia. La familia busca evitar nuevas tragedias. La enseñanza es brutal: cuando una alergia puede matar, decir «no tiene maní» sin saberlo no es atención al cliente. Es una apuesta en la que el cliente pone la vida.

