El sarcoma de Kaposi, esa marca indeleble de una época que el mundo científico juraba haber dejado atrás, vuelve a aparecer en consultorios con la puntualidad de un fantasma que nunca aceptó su retiro. No es un estallido epidémico ni un déjà vu perfecto de los 80, pero sí lo bastante frecuente como para incomodar incluso a quienes dicen no alarmarse. “Cuando reaparecen enfermedades que creímos archivadas, el problema no es la enfermedad: es lo que revela”, admite la dermatóloga oncológica Mariana Godoy, con la frialdad profesional de quien prefiere no terminar la frase.
Las lesiones violáceas —esas manchas que el ojo entrenado identifica antes de que el paciente termine la frase “me salió algo”— están otra vez asociadas al mismo patrón: inmunidad debilitada, controles abandonados, tratamientos interrumpidos, terapeutas que no llegan a tiempo. El virus HHV-8, discreto y oportunista, hace el resto. “No cambió el virus; cambió la capacidad de la gente de sostener su sistema inmunológico en un mundo que se desarma un poco cada año”, resume el infectólogo Sergio Juricich, del Ramos Mejía. Lo dice como quien informa el clima: inevitable y ligeramente hostil.
La corrección política del discurso médico pide evitar términos como “reaparición” o “retroceso”. Se habla de “casuística en aumento”, una fórmula técnica que suena menos amenazante hasta que uno recuerda qué significó ese cáncer vascular en los 80. Los especialistas explican que no hay mutaciones nuevas ni sorpresas biológicas: lo novedoso es el contexto. Menos controles, más pacientes vulnerables, más tratamientos inmunosupresores, más grietas por donde un virus puede volver a circular sin pedir permiso.
El tratamiento sigue siendo conocido: fortalecer la inmunidad, ajustar terapias, recurrir a quimioterapia si es necesario. Pero debajo de la tranquilidad oficial se filtra una sensación que los médicos evitan verbalizar: si el sarcoma de Kaposi está encontrando un espacio para volver, tal vez no sea el único. Y en ese silencio, más que en los diagnósticos, se juega la paranoia que el sistema intenta disimular. Porque nadie quiere regresar a los 80, pero algunas enfermedades —como ciertos recuerdos— nunca preguntan si pueden volver.

