La foto no circuló, pero el dato se filtró igual. Martín Llaryora habría recibido en privado a Dante Gebel, el pastor con llegada masiva en redes y auditorios, en un encuentro que en el oficialismo cordobés prefieren ubicar en el terreno de lo “institucional”. Sin embargo, cerca del Centro Cívico admiten que la charla incluyó algo más que cortesías: sobre la mesa habrían aparecido números, encuestas y un mapa social que inquieta a la política tradicional.
El dato no es menor. En Córdoba, como en buena parte del país, el voto evangélico dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en un actor que mide, ordena y condiciona. En ese contexto, el nombre de Gebel aparece como algo más que un predicador carismático: es, para algunos armadores, una puerta de entrada a sectores populares donde la política llega tarde o directamente no llega. En despachos oficiales deslizan que el pastor habría acercado resultados de sondeos propios, con foco en consumo cultural, valores sociales y percepciones sobre la dirigencia.
La reunión también alimentó versiones sobre un eventual desembarco más estructurado del universo evangélico en la provincia. No se habla de candidaturas, al menos en público, pero sí de una construcción territorial con lógica propia, capaz de disputar agenda y presencia. En el entorno del gobernador bajan el tono y hablan de “diálogo con todos los sectores”, una frase que en la política argentina suele significar bastante más de lo que dice.
Mientras tanto, en redes y círculos políticos locales el episodio se leyó con una mezcla de curiosidad y cálculo. Córdoba siempre jugó a su propio ritmo, pero el cruce entre fe, datos y poder empieza a perfilar un escenario donde los viejos manuales quedan cortos. Y cuando aparecen nuevos actores con capacidad de movilización real, nadie se queda tranquilo mirando desde la platea.

