La inflación aflojó, dice el Gobierno. El deseo, no tanto. Mientras el INDEC celebra una desaceleración mensual del 2,1% en mayo, los argentinos descubren que el problema ya no es solamente llenar la heladera, pagar el alquiler o sobrevivir al supermercado: ahora también hay que presupuestar el erotismo. Una cita dejó de ser un impulso romántico para convertirse en una operación contable con transporte, comida, preservativos, hotel, ansiedad y la sospecha de que siempre convenía quedarse en casa mirando una serie vieja.
El rubro Restaurantes y hoteles acumuló una suba interanual superior al 37%, una cifra que no dice “pasión”, precisamente, sino “transferencia fallida”. En la Ciudad de Buenos Aires, una salida mínima a un albergue transitorio ya puede arrancar en torno a los $23.000 si se incluye un turno económico y preservativos básicos, y escalar por encima de los $70.000 si alguien pretende lujo, hidromasaje o esa fantasía nacional de vivir por dos horas como si no existiera la macroeconomía. El amor, en su versión más austera, empieza a parecerse a una cuota sin interés que no existe.
La escena se completa con un consumo que sigue golpeado. Según el último informe de CAME, las ventas minoristas pymes volvieron a caer en mayo y acumulan una baja en los primeros cinco meses del año. Traducido al idioma de la calle: se compra menos, se sale menos, se invita menos y se improvisa más. La vieja pregunta “¿vamos a tomar algo?” ahora viene con una auditoría silenciosa: cuánto sale, quién paga, hasta dónde queda, si conviene colectivo, si hay promo bancaria y si el deseo resiste una pizza compartida con culpa.
La psicóloga y sexóloga clínica Viviana Wapñarsky, integrante del Programa de Sexualidad del Hospital de Clínicas, lo explicó sin maquillaje: la sexualidad no queda afuera de las crisis sociales o económicas. El estrés sostenido, la incertidumbre y el agotamiento emocional impactan directamente en el deseo, la disponibilidad afectiva y la capacidad de disfrutar. En criollo: cuando la cabeza está ocupada calculando vencimientos, el cuerpo difícilmente escriba poesía.
Cecilia Ce, psicóloga, sexóloga clínica y autora de libros de divulgación sexual, también viene señalando que el estrés crónico afecta la salud física, emocional y la satisfacción sexual. La crisis, además, no pega igual en todos: en las mujeres suele mezclarse con sobrecarga mental, tareas de cuidado y precariedad laboral; en muchos varones aparece enlazada con la pérdida del rol proveedor, esa pieza oxidada del machismo que todavía hace ruido aunque nadie quiera hacerse cargo.
El ajuste también se mete en la prevención. Chequeado informó que en 2025 el Ministerio de Salud de la Nación no distribuyó preservativos, pese a que los programas oficiales tenían metas previstas. El dato no es menor: en un país donde el precio ordena hasta los vínculos, la falta de insumos gratuitos empuja a que el cuidado dependa cada vez más del bolsillo. Y cuando el preservativo pasa a competir con la SUBE, la birra o la cena, la salud pública empieza a perder por goleada.
El director de Fundación Huésped, Leandro Cahn, vinculó el aumento de infecciones de transmisión sexual con una combinación peligrosa: menos uso de preservativo, menos campañas, menos testeo y menor acceso a insumos básicos. La médica infectóloga María Delfina Rimoldi fue todavía más tajante al describir el avance de la sífilis: cuando una enfermedad prevenible y curable aumenta, el problema no puede reducirse a decisiones individuales. Es una falla colectiva, sanitaria y política. Dicho de otro modo: no alcanza con sermonear a los cuerpos si el Estado desaparece justo cuando debería repartir información, prevención y cuidado.
El dato sanitario inquieta. Argentina cerró 2025 con más de 55 mil casos de sífilis, el número más alto en tres décadas, con especial impacto entre jóvenes. Mientras tanto, las encuestas sobre uso de preservativo muestran desde hace años un panorama flojo: apenas una minoría de adolescentes y jóvenes declara usarlo siempre. La pasión podrá ser espontánea, pero las bacterias no creen en la épica de la improvisación.
La paradoja es brutal: en un país saturado de discursos sobre libertad individual, cada vez hay menos condiciones materiales para ejercerla sin miedo, sin deuda o sin descuido. La libertad sexual también necesita plata, privacidad, tiempo, información y acceso a métodos de cuidado. Sin eso, queda apenas el decorado: apps de citas, chats, promesas, ansiedad y un menú de opciones donde casi todo sale más caro de lo que el deseo puede pagar.
La inflación ya no sólo encarece la comida, la ropa o el transporte. También enfría citas, posterga encuentros, reduce salidas, multiplica discusiones y convierte la intimidad en una zona de cálculo. El deseo argentino no desapareció: se adaptó, se achicó, se volvió doméstico, desconfiado y de bajo presupuesto. Como casi todo en esta época, sigue vivo, pero en modo ahorro de energía.

