El Gobierno lanza el “plan buenas noticias” mientras el nuevo vocero recomienda abrigarse para pagar el gas

En su debut como vocero, Adrián Ravier intentó vender la postal de una economía blindada, con filminas, inversiones y promesas de “los mejores 18 meses”. Pero la frase sobre las tarifas expuso el verdadero clima del experimento libertario: para la Casa Rosada, la recuperación ya llegó; para los usuarios, conviene buscar una frazada.

La nueva etapa comunicacional del Gobierno arrancó con una escena perfecta para el manual del mileísmo tardío: mientras Luis “Toto” Caputo salía a empapelar las redes con anuncios de inversiones, récords petroleros, exportaciones y proyectos del RIGI, el flamante vocero presidencial, Adrián Ravier, debutaba en Casa Rosada con una pedagogía brutal para el invierno argentino. El mensaje, traducido del dialecto técnico al idioma de la boleta, fue simple: si el gas está caro, abrígate. La libertad, al parecer, también viene en polar.

Ravier buscó mostrarse más sobrio que Manuel Adorni, pero terminó conservando la misma matriz: explicar el ajuste como si fuera una clase de economía para alumnos castigados. Defendió la quita de subsidios, habló de precios de mercado, invocó el equilibrio fiscal y retomó la idea de que “lo peor ya pasó”, una frase que en Balcarce 50 repiten con entusiasmo de gurú financiero mientras en los hogares se multiplican las deudas, las tarjetas pateadas y los consumos recortados. En la Argentina real, esa donde la gente no vive dentro de una filmina, una familia tipo necesitó en mayo casi un millón y medio de pesos para no ser pobre, sin contar alquiler. Un detalle mínimo, casi decorativo, como la heladera vacía en una cocina recién pintada.

La jugada oficial tiene nombre no escrito pero evidente: instalar un “plan buenas noticias” para tapar el ruido de la crisis política, la salida de Adorni, el desembarco de Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete y el desgaste de un Gobierno que ya no puede vender épica sin que le aparezca una factura de luz en la mesa. Caputo se encargó de la parte aspiracional: Vaca Muerta, exportaciones, agroindustria, carne, petróleo, inversiones millonarias. Ravier, en cambio, quedó en el barro doméstico: tarifas, subsidios, usuarios y la vieja recomendación macrista de apagar la calefacción y ponerse ropa. El liberalismo argentino, siempre innovador, descubrió que el mercado también puede regular la temperatura corporal.

En despachos oficiales circula una lectura menos luminosa que la del PowerPoint: el Gobierno necesita cambiar el clima social antes de que el invierno termine de hacer visible el costo del ajuste. Según versiones reservadas de la propia tropa legislativa, la orden sería “hablar de futuro, inversiones y dólares”, pero evitar que la discusión se estanque en jubilaciones, tarifas, consumo y mora familiar. El problema, admiten en voz baja algunos operadores aliados, es que el relato financiero corre a una velocidad y la vida cotidiana a otra. Los bonos pueden celebrar; la tarjeta de crédito no necesariamente se emociona.

La contradicción quedó expuesta en la primera conferencia de Ravier: la Casa Rosada promete blindaje macroeconómico mientras los hogares se blindan como pueden, con deuda, changas, cuotas y frazadas. El Gobierno quiere que se hable de reservas, RIGI y “mejores 18 meses”; la calle habla de boletas, alquileres, comida y sueldos que llegan rengos a mitad de mes. Así, la nueva comunicación libertaria nace con una postal incómoda: un vocero que anuncia futuro y una sociedad a la que le recomiendan soportar el presente con más abrigo. En la Argentina de Milei, la buena noticia es que el plan funciona; la mala, como siempre, es para quienes tienen que vivir adentro.

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