Tres de cada cuatro jóvenes terminan la secundaria, pero entre los más pobres solo lo logra el 60%

Tres de cada cuatro jóvenes completaron el nivel medio en 2024, casi trece puntos más que una década atrás. La mejora, sin embargo, convive con una desigualdad persistente: mientras el 92% de los sectores de mayores ingresos obtiene el título, entre los hogares más pobres apenas lo consigue el 59,6%.

La proporción de jóvenes argentinos de entre 19 y 24 años que terminaron la secundaria alcanzó el 74,6% en 2024, frente al 61,7% registrado diez años antes. El crecimiento permitió que el país se ubicara quinto entre nueve naciones latinoamericanas analizadas, detrás de Perú, Chile, Ecuador y Colombia, y apenas por encima de Brasil. El avance es concreto y considerable, aunque todavía insuficiente para sostener esa fantasía recurrente de que la educación argentina solo necesita recuperar el guardapolvo blanco y confiar en su glorioso pasado.

La principal diferencia continúa determinada por los ingresos familiares. Entre los jóvenes pertenecientes al 20% más pobre, solo el 59,6% consiguió completar sus estudios. En el quintil de mayores recursos, la terminalidad llegó al 92%. La distancia se redujo respecto de 2014, cuando superaba los 44 puntos, pero todavía alcanza los 32,4. En otras palabras, seis de cada diez jóvenes pobres obtienen el título, mientras que entre los sectores acomodados lo hacen nueve de cada diez. El mérito conserva un papel relevante, sobre todo cuando viene acompañado por vivienda estable, alimentación, conectividad y la extravagante posibilidad de estudiar sin tener que trabajar.

Las mujeres presentan mejores resultados que los varones: el 78,8% completó el nivel medio, frente al 70,7%. También se advierte que una parte importante de los estudiantes egresa varios años después de la edad prevista. A los 25 años, la terminalidad asciende al 81%, mientras que en Perú y Ecuador el máximo se alcanza a los 21 y en Chile, a los 22. La demora argentina refleja trayectorias atravesadas por repitencias, abandonos temporales, empleos precarios, tareas de cuidado, embarazos y crisis familiares. La escuela sigue allí; el estudiante debe resolver primero el detalle administrativo de sobrevivir.

El crecimiento de la cantidad de egresados tampoco garantiza mejores aprendizajes. Solo el 63% llega al último año en el tiempo esperado y apenas diez de cada cien estudiantes atraviesan toda la secundaria sin atrasos y con conocimientos satisfactorios de Lengua y Matemática. El sistema entrega más diplomas, un progreso necesario, pero todavía no consigue asegurar que todos representen una formación equivalente. La igualdad estadística avanza con mayor velocidad que la educativa: imprimir certificados, después de todo, resulta bastante más sencillo que sostener escuelas, docentes y alumnos.

La mejora en la terminalidad y la reducción de la brecha constituyen datos positivos. También lo es, aunque resulte menos cómodo para los discursos oficiales, que uno de cada cuatro jóvenes todavía no termina la secundaria y que el origen familiar continúa condicionando quién egresa, cuándo lo hace y con qué conocimientos. Becas, tutorías, alertas tempranas y políticas de acompañamiento podrían reducir esa desigualdad si alguna vez logran sobrevivir a los recortes, los cambios de gobierno y la costumbre de presentar cada programa educativo como si el país acabara de descubrir la adolescencia. Mientras tanto, la Argentina celebra que tres de cada cuatro jóvenes llegan al título. El cuarto probablemente esté trabajando y no pueda asistir al acto.

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