La humanidad, que todavía no consiguió ponerse de acuerdo sobre el cambio climático, las vacunas ni la manera correcta de guardar el papel higiénico, sí logró organizar una reserva de 12.187 armas nucleares. Nueve países participan del selecto club de propietarios del Apocalipsis: 9.745 ojivas integran arsenales militares disponibles para un eventual uso, 4.012 ya están desplegadas y entre 2.100 y 2.200 permanecen en misiles balísticos bajo alta alerta operativa. El Reloj del Juicio Final fue colocado este año a 85 segundos de la medianoche, la posición más cercana a la catástrofe desde su creación en 1947. El dato tranquilizador es que el reloj es simbólico. El problema, pequeño detalle administrativo, es que las bombas no.
Estados Unidos y Rusia concentran alrededor del 83% de las ojivas almacenadas y, desde febrero, quedaron sin un acuerdo jurídicamente vinculante que limite sus arsenales estratégicos. El New START venció sin reemplazo mientras ambos gobiernos modernizan misiles, submarinos y bombarderos con la serenidad de dos pirómanos comparando encendedores. Moscú amplió las circunstancias en las que contempla una respuesta nuclear y exhibió en Bielorrusia el Oreshnik, un misil capaz de transportar cargas convencionales o atómicas. La guerra en Ucrania, mientras tanto, acaba de entrar en su quinto año: Rusia volvió a bombardear Kiev apenas se retiraron los enviados estadounidenses que intentaban reactivar las negociaciones, una concepción bastante literal de la pausa diplomática. La central de Zaporiyia, la más grande de Europa, llegó a depender de generadores diésel para mantener sus sistemas de seguridad y necesitó un alto el fuego especial para reparar el suministro eléctrico. Europa volvió así a ser una sala de espera con bidones de nafta y un cartel que pide no fumar.
Medio Oriente tampoco quiso perderse la temporada final. Estados Unidos e Israel llevan seis meses en guerra contra Irán, que conserva misiles, drones y capacidad para atacar bases, barcos e instalaciones energéticas en el Golfo. Los bombardeos dañaron buena parte de su infraestructura nuclear, pero todavía no pudo verificarse el paradero de unos 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, material que podría ser llevado a grado militar en una instalación clandestina. Teherán insiste en que no busca fabricar una bomba; Israel, considerado una potencia nuclear, mantiene la tradición regional de no confirmar que ya tiene las suyas. Uno niega quererla y el otro niega poseerla: la transparencia, en esa zona del mundo, sigue siendo tratada como una provocación extranjera.
China elevó su arsenal hasta unas 620 ojivas y podría acercarse al millar antes de 2030, mientras aumenta la presión militar sobre Taiwán y faltan mecanismos claros para impedir que un choque convencional con Estados Unidos escale hasta el nivel nuclear. Corea del Norte prueba misiles intercontinentales de nueva generación, India y Pakistán continúan mirándose con armas atómicas sobre la mesa y la inteligencia artificial empieza a ocupar funciones críticas en sistemas militares donde un error de cálculo ya era suficientemente peligroso cuando todavía lo cometían exclusivamente los humanos. No existe una orden pública de lanzamiento ni una fecha marcada para el fin del mundo. Hay algo menos tranquilizador: la Tercera Guerra Mundial nuclear ya tiene arsenales, escenarios, protagonistas y presupuesto. Solo le falta un error, y la humanidad jamás tuvo problemas de abastecimiento en ese rubro.

