El delito, como cualquier actividad económica pujante, sabe interpretar el mercado. Antes se robaban televisores, celulares, carne o electrodomésticos. Ahora se roban pañales. Cerca de las 8.15, entre tres y cuatro hombres armados interceptaron sobre la Autopista Presidente Perón un camión de la empresa Diguo que llevaba mercadería hacia Gregorio de Laferrere y González Catán. Dos vehículos, entre ellos un Toyota Corolla blanco, le cerraron el paso. Los delincuentes bajaron, amenazaron a los trabajadores y los obligaron a abandonar el Mercedes-Benz que conducían. No necesitaron un informe del Banco Central ni asesoramiento de un economista: alcanzaba con entrar a cualquier supermercado para comprender que llevaban una fortuna sobre ruedas.
Los asaltantes trasladaron a los dos choferes a uno de los automóviles y los mantuvieron secuestrados durante aproximadamente dos horas. Mientras tanto, se apoderaron de 109 paquetes de pañales de distintos tamaños, además de otros productos. La mercadería parecía destinada al depósito de una maternidad, pero recibió el tratamiento logístico de un cargamento internacional de cocaína. Armas, autos de apoyo, rehenes y una ruta de escape para robar artículos que terminarán llenos de pis. La crisis económica alcanzó así una de esas cumbres que ningún ministro suele incluir en sus presentaciones: convertir un producto básico de higiene infantil en una mercancía capaz de justificar un golpe comando.
En los hogares argentinos, comprar pañales hace tiempo dejó de ser una tarea doméstica y se convirtió en una licitación privada. Las familias comparan precios por unidad, cambian de marca, esperan promociones bancarias y calculan cada cambio como si administraran las reservas de un país pequeño. Un bebé todavía no aprendió a caminar y ya tiene un costo operativo mensual capaz de despertar vocaciones criminales. La banda entendió esa lógica y diversificó inversiones: en lugar de perseguir dólares, apostó por un activo blanco, liviano y con demanda garantizada. El pañal no paga intereses, pero tampoco se devalúa dentro del changuito.
Los trabajadores fueron finalmente liberados en la colectora de la autopista, a la altura de la avenida Patricios, en Merlo. No presentaban lesiones y pudieron pedir ayuda y denunciar el asalto. La búsqueda del camión avanzó después de que uno de los choferes difundiera el robo y recibiera información sobre su posible ubicación. El vehículo apareció al día siguiente dentro de una propiedad de Virrey del Pino, en La Matanza. Durante el allanamiento, la Policía recuperó tanto el transporte como la totalidad de la carga y detuvo a tres personas de 20, 49 y 63 años. Una quedó imputada por robo agravado y privación ilegítima de la libertad; las otras dos, por encubrimiento agravado. La investigación continúa para identificar a los integrantes de la banda que participaron directamente del secuestro.
El operativo criminal terminó sin heridos, con los pañales recuperados y los sospechosos a disposición judicial. Sobre el papel, el sistema funcionó. Fuera del expediente, quedó una postal bastante menos tranquilizadora: para llevarse un producto que millones de familias necesitan varias veces por día hicieron falta hombres armados, dos automóviles y dos horas de cautiverio. El camión volvió a manos de sus dueños y la mercadería quedó a salvo. La crisis, en cambio, continúa prófuga. En la Argentina, el sueldo llegaba secuestrado desde mucho antes; esta vez, para evitar cualquier metáfora, también se llevaron a los choferes.

