Tampones reciclados, preservativos lavados y dientes con La Gotita: el museo del horror de las guardias del conurbano

Médicos de hospitales públicos de La Matanza, José C. Paz, Quilmes, Lomas de Zamora, Morón y otros distritos describen pacientes que reutilizan descartables, incluidos preservativos, estiran tratamientos, comparten inhaladores y reparan dientes o heridas con productos domésticos. La crisis económica ya no se mide solamente en inflación y consumo: también llega con fiebre, pus, encías inflamadas y recetas que nadie puede pagar.

En el Policlínico Central de San Justo, los médicos de guardia describen una escena que ya perdió incluso el privilegio de resultar insólita: pacientes que llegan descompensados después de varios días de comer poco, comer mal o directamente reemplazar una comida por mate y optimismo. También aparecen gastritis provocadas por analgésicos tomados con el estómago vacío y cuadros que se agravan porque la consulta se posterga hasta que algún órgano decide abandonar la negociación. En el Hospital Gobernador Domingo Mercante, de José C. Paz, los profesionales cuentan tratamientos interrumpidos, controles suspendidos y medicamentos reducidos por cuenta propia para que treinta pastillas desarrollen el milagro bíblico de durar cuarenta y cinco días. Antes la pregunta era qué enfermedad tenía el paciente. Ahora también importa cuánto de esa enfermedad puede pagar.

La pobreza menstrual ofrece una de las postales más repugnantes de este nuevo manual de supervivencia. Médicos del Hospital Iriarte, de Quilmes, refieren consultas por irritaciones e infecciones vinculadas con productos menstruales utilizados durante demasiado tiempo o directamente reutilizados. Aparecen tampones lavados y vueltos a usar, protecciones improvisadas con telas, algodón y gasas y procedimientos domésticos que consisten, básicamente, en hervir aquello que la industria diseñó para terminar en un tacho de basura. En el Hospital Gandulfo, de Lomas de Zamora, también reciben pacientes después de varios días de intentar resolver el problema en casa. La economía circular, finalmente, encontró su forma más perfecta: se lava, se seca, se reutiliza y se reza. 

Pero el reciclaje sanitario no termina ahí. Entre los relatos de los profesionales aparecen incluso personas que lavan preservativos usados para volver a utilizarlos, una práctica que destruye buena parte de la protección que deberían ofrecer frente a embarazos e infecciones de transmisión sexual. El látex, aparentemente, también quedó obligado a ajustarse. En algunos hogares, el preservativo dejó de ser descartable para convertirse en patrimonio familiar reutilizable: se lava, se seca y vuelve a servicio como si fuera una bolsa de supermercado. La diferencia es que una bolsa rota derrama tomates. Un preservativo roto puede dejar consecuencias bastante más duraderas. 

La odontología casera aporta una zona todavía más oscura de este parque temático del ajuste. En el Hospital Municipal Ostaciana B. de Lavignolle, de Morón, médicos cuentan que reciben pacientes que intentaron sujetar prótesis o piezas dentales con pegamentos de uso doméstico antes de buscar atención. En el Hospital Municipal Eva Perón, de Merlo, aparecen infecciones agravadas después de días de automedicación, dolor soportado a fuerza de analgésicos y arreglos hechos en casa. La secuencia es bastante sencilla: primero se posterga al odontólogo, después se aguanta, después se busca un video en Internet y, finalmente, algún producto concebido para reparar una silla entra en contacto con una encía. La boca queda convertida en una sucursal clandestina de Easy. A veces el arreglo dura unas horas. Después llegan la inflamación, el gusto extraño, el pus y la vieja medicina tradicional, esa extravagancia de consultar a alguien que estudió.

En el Hospital Mi Pueblo, de Florencio Varela, los profesionales describen otra rama de la sanidad doméstica: heridas tratadas demasiado tiempo con lo que haya a mano. Vendas que se lavan y vuelven a usar, gasas recicladas, algodón, retazos de tela y cintas adhesivas cuya relación con la medicina termina exactamente en que ambas cosas se venden por metro o por rollo. El botiquín se mezcla con el cajón de herramientas y la casa se transforma en hospital de campaña. Falta la guerra, pero ya está el material de campaña.

Los botiquines familiares son otro yacimiento arqueológico. Médicos del Hospital Eva Perón, de San Martín, describen pacientes que se automedican con restos de tratamientos anteriores: antibióticos incompletos, comprimidos sin caja, jarabes vencidos y pomadas cuyo prospecto desapareció antes que varios ministros de Economía. Nada se tira. Todo puede servir. Un antibiótico recetado para una infección en 2023 reaparece tres años después para tratar otra enfermedad, en otro cuerpo y con una dosis definida por una autoridad científica bastante concreta: la cantidad de cápsulas que quedaron. La medicina basada en evidencia encontró finalmente un competidor argentino: la medicina basada en “esto estaba en el botiquín”.

En el Hospital Paroissien, de Isidro Casanova, los médicos describen otro pequeño prodigio financiero: convertir una dosis diaria en una dosis intermitente para que la medicación llegue a fin de mes. Una pastilla se parte, otra se saltea, una caja se estira hasta adquirir propiedades sobrenaturales. Con hipertensión, diabetes y otras enfermedades crónicas, el procedimiento funciona de maravilla hasta que deja de funcionar. Entonces aparece la guardia, generalmente de madrugada, porque el cuerpo tiene la pésima costumbre de ignorar los planes de cuotas.

En el Hospital Fiorito, de Avellaneda, también aparecen familias que comparten medicación respiratoria. Un inhalador puede convertirse en patrimonio común y administrarse según el nivel de urgencia. Primero lo usa quien peor respira; después se calcula cuánto queda; finalmente se guarda para la próxima crisis. Comunismo bronquial de subsistencia: de cada pulmón según su necesidad, a cada bronquio según la cantidad de puff disponibles.

Las guardias incorporaron así una tarea para la que ninguna facultad de Medicina parecía haber preparado demasiado a sus egresados: calcular no sólo qué necesita el paciente, sino qué parte de eso tiene alguna posibilidad de atravesar la caja de una farmacia. Completar un tratamiento antibiótico, comer de manera adecuada, utilizar productos descartables una sola vez, comprar apósitos, ir al odontólogo o tomar todos los días una medicación crónica puede sonar a recomendación elemental. En determinadas casas, empieza a parecer un catálogo de artículos suntuarios.

Scroll al inicio