La palabra es peste. No una metáfora económica, no otro nombre creativo para describir octubre, sino la enfermedad que durante siglos fue sinónimo de cadáveres, ciudades cerradas y gente huyendo de sus vecinos. La alarma comenzó en Irkutsk, Siberia, después de la muerte de una trabajadora de 28 años de un instituto dedicado precisamente a investigar la peste. Fue internada con una neumonía grave y murió el 2 de octubre. La causa todavía no fue determinada oficialmente, Rusia niega que exista un caso confirmado y los análisis conocidos hasta ahora no detectaron un patógeno de alta peligrosidad. El pequeño detalle es que casi 200 personas fueron puestas bajo observación, hubo hospitales afectados por medidas sanitarias y todavía se intenta esclarecer otro cuadro de neumonía de origen desconocido. Una cantidad considerable de precauciones para algo que, oficialmente, todavía no ocurrió.
La hipótesis que inquieta es la peste neumónica, provocada por la bacteria Yersinia pestis. Es la versión particularmente desagradable de una enfermedad que la humanidad conoce desde mucho antes de descubrir el delivery: afecta los pulmones, puede transmitirse entre personas mediante gotitas respiratorias en contactos cercanos y, sin tratamiento, puede matar rápidamente. Es pariente directa de la peste que en el siglo XIV quedó para la historia como la Peste Negra, una pandemia que devastó Europa y mató a decenas de millones de personas. Hay, por suerte, una diferencia bastante importante entre 1348 y 2026: ahora existen antibióticos y, administrados rápido, funcionan. En la Edad Media había médicos con máscaras de pico, plegarias y fosas comunes. El progreso, aunque a veces se esfuerce en disimularlo, ocurrió.
El episodio inevitablemente activa otro recuerdo bastante más reciente. En los primeros meses de 2020, el coronavirus también era una enfermedad que ocurría muy lejos, acompañada por palabras tranquilizadoras, mapas con puntos rojos y discusiones sobre si realmente podía convertirse en un problema global. Después vinieron aeropuertos vacíos, cuarentenas, barbijos, millones de muertos y conferencias de prensa transmitidas como finales de un Mundial particularmente deprimente. Nada indica hoy que el episodio ruso vaya a transformarse en algo parecido: no existe una epidemia internacional de peste, no hay circulación detectada en la Argentina y el riesgo para el país es considerado muy bajo. Pero después de aquella experiencia mundial, la combinación «enfermedad respiratoria grave + información incompleta + cuarentenas + Rusia» no parece exactamente diseñada para inducir serenidad.
¿Y qué hizo hasta ahora el Gobierno argentino? Una reunión. El Ministerio de Salud convocó a sus equipos técnicos para analizar la información y decidir si recomienda algo a quienes viajan a Rusia o implementa controles adicionales. Por ahora no hay restricciones, cambios en los protocolos ni advertencias especiales para viajeros. Puede ser perfectamente suficiente ante un riesgo que hoy es mínimo y todavía incierto. También produce una postal difícil de resistir: mientras reaparece en los titulares el nombre de la bacteria que ayudó a convertir la Europa medieval en un cementerio gigantesco, la respuesta administrativa local consiste, de momento, en sentarse alrededor de una mesa y evaluar. La humanidad sobrevivió a la Peste Negra, inventó los antibióticos, atravesó el COVID y llegó finalmente a su tecnología sanitaria más persistente: la reunión para decidir si hace falta hacer otra cosa.

